por Paola Flores Miranda
Víctor
Me recibe con sus ojos furiosos. Me hace saber que no soy bienvenida en su jardín. Agarra su mamila y se acuesta boca arriba en una manta blanca extendida, a un costado de la parcela. Dobla sus piernas para que sus pies desnudos se recarguen en la hierba. Ha insistido en quedarse en pañales y camiseta de tirantes, aun si la piel de sus brazos se eriza cada que el viento se hace presente. Víctor cede a la calma que provoca el efecto de succión y desliza su mano entre las plantas. Sus dedos identifican texturas y cran con su propio ritmo, el ritual que asegura el sueño.
El huerto
Bajo en la estación Circuito del Metrobus línea uno de la Ciudad de México. El sonido de los coches al pasar, se asemeja a los zumbidos de insectos. Comienzo a imaginar que estoy entre abejas furiosas decididas a atacar, hasta que un tráiler impertinentemente acelera y deja una nube densa de humo y molestias. La estrepitosa atmosfera que se establece, me regresa a la realidad y casi de manera intencional, me recuerda que estoy en la ciudad, lugar en donde los ruidos de las máquinas son los que se imponen.
El vehículo desaparece y da visibilidad al huerto de las Niñas y los Niños. Sobresale la milpa que crece imponente y se instala poco a poco como protagonista, como el gran éxito de todos los experimentos que se realizan en el huerto. La milpa transmite su mensaje, nos dice que está aquí para legitimar la sabiduría ancestral y recuperar el terreno que le pertenecía hace siglos.
El Huerto de las Niñas y los Niños se ubica en la delegación Cuauhtémoc en la Ciudad de México, se encuentra en la intersección de la Avenida Insurgentes y Circuito Interior. El puente que une las dos estaciones de Metrobus, es también el acceso a la entrada del huerto urbano.
El espacio se desvanece ante la circulación infinita de vehículos y peatones en masa, que no tienen otro objetivo que trasladarse lo más rápido posible de su casa al trabajo, a las compras, a la escuela, a resolver pendientes o cumplir alguna obligación. El ambiente además de cargar con las partículas contaminantes; resultado de esta movilidad, concentra el estrés, cansancio y frustración de miles de personas que no encuentran pausa ni descanso en esta ciudad. El huerto observado desde el puente, es un sueño casi inalcanzable, un paraíso al que casi nadie accede porque hay prisa, fatiga y saturación, y porque la curiosidad ha sido exterminada en esas largas jornadas de trabajo.
Las enredaderas de chayote que desbordan la reja del huerto opacan la vorágine que representa una de las avenidas más importantes de la ciudad. Ese color verde que gracias a las lluvias recientes, pinta de manera cada vez más intensa, el entorno gris que prevalece.
Distingo la mesa donde cultivan las fresas, puedo percibir las hojas expandidas y los racimos de la fruta roja colgando. Las hierbas han crecido sin restricción, invadiendo como pequeños ejércitos incontrolables, la organización del huerto.
Voy hacia la parte de atrás donde se encuentran las parcelas. Ha llovido la noche anterior, aun si no lo supiera, el huerto me lo diría. Basta con sentir el olor a fresco, la hierba húmeda y las corrientes de aire ligero que llegan de vez en vez, para deducirlo.
Vero
Vero es la mamá de Víctor, vive en el oriente cerca del metro Coyuya, al otro extremo de la ciudad. Ha decidido cambiar de trabajo para tener más tiempo con su hijo. Menciona que no le va como quisiera, tampoco le gusta lo que hace, pero al menos ya llega más temprano a casa.
Vero participa en el huerto desde hace 4 años. “El huerto me relaja, es una salida al ajetreo diario”, me dice.
Comienza a deshierbar la orilla de su parcela y casi por inercia, copio la actividad. Tomamos la planta del tallo, jalamos lo justo, lo necesario para no romperla. El tronar de las raíces que atraviesan las capas de tierra acompaña nuestra coreografía. Los pensamientos comienzan a transformarse en ligeras hojas secas que vuelan con el viento. La calma invade nuestra respiración. Fijamos la mirada a la tierra que se desacomoda, y espolvorea sutilmente la piel de nuestras manos. Los insectos salen despavoridos buscando otro refugio.
Vero, Víctor y el huerto
¿Por qué vienen? Le pregunto.
“Quiero transmitirle este contacto con la naturaleza con la gente, la tierra y los alimentos… cuando pienso eso, me animo a venir”: Contesta, Vero.
“Vengo al huerto desde que estoy embarazada, solo falté un tiempo después de que nació mi hijo. Aun si es difícil por el trayecto, la gente, la pañalera; estamos aquí cada domingo. Imagínate el regreso en el metro se queda dormido y tengo que cargarlo hasta la casa”.
Víctor despierta, los incisivos rayos de sol continúan así como su mirada retadora. Apenas se reincorpora y toma de la mano a su mamá. Agarra su mini regadera y la sumerge en un cono de vialidad invertido que han recuperado y rehabilitado para usar como recolector de agua. Se escucha el sonido de las burbujas de vacío que se forman. Mete casi todo su brazo al cono. Se ha mojado más de lo permitido. El agua es fresca, él se ríe.
Deja caer sin reparo el agua a la parcela. Se agacha para ver cómo penetra en la tierra, como la absorbe rápidamente. Persigue con su mirada los arroyos diminutos que se forman en los surcos de lodo. Revienta con sus dedos las gotas de agua instaladas en las hojas de albahaca.
Concentrado, decide sacudir la planta bruscamente.
Vero lo interrumpe “Mejor huélela, siente qué rico”, le dice.
Víctor me toma del brazo y me jala como invitándome a olerla.
“Yo quiero que Víctor tenga una relación con la Naturaleza, con las plantas, que no le den miedo los insectos, que toque y experimente todo lo que hay aquí”, comenta.
Víctor se aleja cautelosamente por el camino estrecho que divide las parcelas El entorno reacciona a su paso, los insectos vuelan, los olores se desprenden. Los pájaros se acomodan en las enormes gladiolas rojas que rodean el jardín de cactáceas. Es un mundo vivo. Un mundo que se desprende del entorno.
“Aquí nos sacudimos la ciudad”.
Socióloga por la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México. Feminista y estudiosa de los movimientos urbanos. Aficionada a lo que pasa en la ciudad, a recorrer las calles y observar meticulosamente lo que sucede.
paolaflores1982@gmail.com

