Sacrificios

Cristina Ramírez 

Respiro. El aire se filtra dolorosamente y llena mis pulmones, la sangre emana por uno de mis costados. Tengo frío, pero pocas fuerzas para encender un fuego. Esta cueva es mi refugio y será mi tumba, lo sé, lo siento dentro de mí, como si el espíritu empezara a desprenderse de mis huesos y carne. Quisiera creer que me uniré a mis antepasados, que una parte de mí volará en las alas del colibrí hasta mis hijos, pedacitos de mi corazón.

Pero ahora, aquí, dudo de todo, dudo incluso de lo que soy y lo que me rodea. Los sabios de la aldea siempre fueron claros en sus enseñanzas y en lo que teníamos que hacer. Éramos bendecidos por los dioses, incluso cuando compartían con nosotros su dolor. El sol moría y nacía cada día al ser alimentado, la lluvia era derramada por nuestros hijos entregados, Tlaloques arropados por el cielo. Nuestra vida estaba conectada con la tierra, en ese maíz sembrado y cosechado. Hasta que llegaron ellos y nos maravillamos con su presencia, dioses creíamos que eran, fue muy tarde cuando nos dimos cuenta. 

Tomaron la gran ciudad, prohibieron los sacrificios y nos arrancaron de nuestra tierra. Mataron a muchos, incontables. Algunos otros tuvimos que huir y ocultarnos, alimentar a nuestros dioses en secreto; intentamos recuperar lo que era nuestro, pero nos fueron cazando. Sus armas perforaban rápido nuestros cuerpos, mientras que las nuestras muchas veces rebotaban en esas duras pieles que usan. 

Los dioses estaban agonizando. Una extraña enfermedad nos disminuyó más, ninguno supo qué hacer, se intentó con diversas hierbas, cantos y pequeños sacrificios, pero no pudimos salvarlos. Nadie había visto algo así; desde niños hasta ancianos sucumbieron entre delirios. Algunos sabios creían que era por la debilidad de nuestros dioses, pues los habíamos descuidado. Nuestro pueblo parecía estar condenado. 

Un día llegaron unos hombres, querían hablar con nosotros, no traían armas, los acompañaba uno que hablaba nuestra lengua. Dijeron que vivíamos en la oscuridad, nos enseñaron una… cruz  la llamaron, según era el hijo del verdadero Dios y teníamos que adorarlo, dejar de creer en nuestros falsos dioses; además, teníamos que vestir distinto y dejar que nos echaran agua en la cabeza para ser parte de su Dios. Dijeron que todo lo que sabíamos estaba mal y teníamos que olvidarlo. No estábamos seguros de lo que ellos decían, nos habían quitado tanto que perder a nuestros dioses era lo último que queríamos.

Entre las llamas tuvimos una revelación. Nuestros dioses sedientos se arrastraban y aullaban, exigían la sangre de guerreros para calmar su sed y fortalecerse para hacernos fuertes a nosotros, tan fuertes que pudiéramos enfrentarnos a esos, los que estaban masacrando nuestra tierra. Necesitaban sangre, pero no sería en vano entregada, su sangre nos llenaría para luchar incansablemente, hasta que la tierra fuera nuestra otra vez. 

Acudimos a Tlatelolco, las representaciones de nuestros dioses ya no estaban, pero la pirámide aún se alzaba. Estaba todo listo, nuestro sacerdote sostenía el Técpatl y el guerrero que ofrecía su corazón estaba tendido, orgulloso, esperando. El resto de los que seríamos ofrendados esperábamos en las escalinatas de la pirámide. Unos gritos nos interrumpieron, muchos hombres rodearon el lugar y empezaron a matar a los ahí reunidos. Vi como caían hombres y mujeres, bajé y comencé a luchar, pero eran más que nosotros. Sentí que algo desgarraba mi piel en diferentes partes, un dolor intenso se adueñó de mis entrañas, caí en medio de los gritos. 

Desperté en total oscuridad, el lugar estaba cubierto con los cuerpos de mis hermanos. En vano busqué, a ninguno le latía el corazón. Nuestro sacerdote yacía en las escalinatas de la pirámide, aún sostenía en sus manos el cuchillo negro; no había cuerpo sobre la piedra, el corazón del guerrero no había sido entregado. 

Los primeros rayos del sol se cuelan y forman sombras en el techo. Dioses enojados, dioses agonizantes, dioses fortalecidos, dioses enardecidos. Dioses esperando el siguiente sacrificio, el momento en que la pirámide se cubra de sangre indirectamente ofrecida, sangre que fortalezca y despierte a los guerreros del pueblo mexica. Guerreros que luchan y no olvidan. 


Nacida en el extinto Distrito Federal, desde niña he observado la luz y obscuridad que el mundo encierra en los seres humanos. En un viaje de ida y vuelta, entre Aguascalientes y la Ciudad de México, me he formado y fortalecido como ser humano. Los libros, que desde la infancia me acompañaron, me inclinaron a la carrera de Letras Hispánicas, teniendo la fortuna de compartir el amor y conocimiento que encierran con mis alumnos, como maestra de literatura.  Escribo sobre los matices del mundo, tanto de épocas actuales como pasadas, referentes de lo que somos hoy. 

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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