por Tania Rivera
Como ves, no hay felicidad comparable a la de ser madre, Lupita. Aunque te cueste, como en muchos casos, la vida. Y siempre, la juventud y la belleza. Ah, pero ser madre… ser madre… -Rosario Castellanos
Rosario Castellanos sintetiza en el Eterno femenino (1975) el arquetipo de la mujer mexicana como “sufrida, abnegada, devota” (p.52) y esta definición bien podría servir para describir la situación femenina a lo largo de la historia universal. No obstante, durante el siglo XX –y gracias al feminismo– surge la necesidad de cuestionar este modelo arcaico, especialmente con lo referente al elemento intrínseco de la feminidad: la maternidad. Y aunque, tanto las posturas teóricas como la literatura han mostrado interés por lo anterior, inevitablemente en el imaginario colectivo continuamos con mayor cercanía a la melcocha que nos venden en los festivales del día de las madres. Es en este contexto que se circunscribe la más reciente novela de Guadalupe Nettel.
La hija única (2020) es una novela con olor y sabor a testimonio que presenta la historia de Laura, una mujer que ha decidido no ser madre; Doris, quien junto a su hijo padece las consecuencias de una relación abusiva y Alina, la cual tiene que enfrentarse con la noticia de que su hija morirá justo después de nacer. Es decir, esta novela indaga en la vida de estos personajes femeninos y las entrelaza a través de las aristas poco conocidas de la maternidad, el dolor que implica la dupla vida/muerte y la pérdida.
A pesar de lo anterior, La hija única no es una novela que pretende enlistar todas las situaciones amargas que conlleva la condición femenina, de hacerlo así, sería igual que las canciones sentimentales que nos recuerdan que las madres llevan a sus hijos en el vientre con dolor y cansancio. En cambio, Nettel propone un espacio de dialogo, la posibilidad de “hablar con otras mujeres del miedo, la rabia y la impotencia” (p.46), porque en el fondo, más que una reflexión sobre el ser madre es un tratado minucioso del universo femenino, pero también es un examen de lo que nos hace humanos y ante todo, de la incertidumbre que encierra la vida: un “recordatorio de que nada de lo que construimos dura para siempre” (p. 64).
Nettel decide presentar lo efímero de la existencia y su fragilidad de forma poco convencional. No nos enfrentamos a la muerte como un hecho natural después de una vida larga, sino que en Inés descubrimos un tema del que pocas veces somos conscientes:
Existe una palabra para designar a aquel que pierde a su cónyuge, y también una palabra para los hijos que se quedan sin padres. Sin embargo no existe una palabra para los padres que pierden a sus hijos. A diferencia de otros siglos en que la mortandad infantil era muy alta, lo natural en nuestra época es que eso no suceda. Es algo tan temido, tan inaceptable, que hemos decidido no nombrarlo (p. 42).
La mención de la mortandad infantil no es una herramienta para reforzar la idea del sacrificio maternal, más bien permite recordar que la maternidad no es ese lugar idílico, el destino deseable de todas las mujeres, también puede ser un páramo lleno de hartazgo, cansancio, tristeza, preocupación y soledad; sentimientos humanos que permiten comprender hasta cierto punto la situación de una madre sin la necesidad de serlo, por lo que esta novela no tiene que ser objeto de interés únicamente para el público femenino.
Nettel consigue envolvernos en este tipo de cuestionamientos y observamos cada vez con más nitidez el deseo materno, esa tentación constante de la que intenta alejarse Laura y que se materializaría si no fuera porque también nos enfrentamos a la otra cara de la maternidad. Si anteriormente nombré a la muerte, en Doris se manifiesta el carácter fantasmagórico de la violencia y su trascendencia a otras relaciones. Especialmente surgen dudas respecto a los hijos ¿qué debe hacerse si un hijo es una “carga”? y no me refiero a esa hermosa carga que consiste en cuidarlo. ¿Y si nuestros hijos nos hieren y aborrecen? Cómo simplemente resignarse a que “todas las madres nos damos cuenta de esto: tenemos los hijos que tenemos, no a los que imaginábamos o a los que nos hubiera gustado tener, y es con ellos con quienes nos toca lidiar” (p. 62).
Probablemente, describir esta novela como una obra “feminista” no sea la mejor idea, considerando que desde hace mucho tiempo es una palabra que incomoda en la mesa cuando aparece y hasta ganas dan de persignarse; no obstante tomaré ese riesgo ya que hay que destacar la importancia de este movimiento dentro de esta historia aparentemente sencilla gracias a su prosa transparente; no se trata de un panfleto proselitista sino que es un punto de inflexión, una presencia que parece orbitar alrededor de la vida de la protagonistas, pero que sin saberlo algunos de sus preceptos –aún sin ser nombrados explícitamente—se convierten en las bases de la relación entre Laura, Alina y Doris, tales como el autoconocimiento del cuerpo femenino, la sororidad y el maternar en colectivo.
Por si existen dudas, esta novela no es sólo feminista por lo anterior, sino porque igualmente denuncia las convenciones sociales que — ¡aún en pleno siglo XXI!—rondan a las mujeres y que no son diferentes a las palabras de Castellanos referidas al inicio. Como los constantes recordatorios sobre el reloj biológico; la despersonalización de la madre en pro del feto, el cual al momento del anuncio de su existencia pasa a convertirse en el centro de la actividad de los que rodean a la progenitora; la exigencia de la abnegación; la espera de adoptar una actitud maternal con todos y el asumir la desgracia en silencio mientras se va a llorar a un rincón. En síntesis, quizá las mujeres seamos menos sumisas, abnegadas y devotas, pero se sigue esperando que lo seamos y la presión social nos empuja a regresar a ese lugar de recogimiento femenino y es por ello que con los tiempos que corren es significativo toparse con novelas como La hija única que someta a crítica este tipo de situaciones y además nos recuerde que en ni en la maternidad ni en la vida está nada escrito, por lo que “pasará lo que tenga que pasar” (p.85).
Referencias
Castellanos, R. (1975). El eterno femenino: Farsa. México: Fondo de Cultura Económica.Nettel, G. (2020). La hija única. España: Anagrama

Tania Rivera
Tania Viridiana Hernández Rivera (Xalapa, Veracruz 1997). Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Cuentos suyos han aparecido en revistas como La Sirena Varada, Tintero Blanco y Metáforas al aire. Ha obtenido menciones honoríficas en el 7° Concurso de cuento infantil y juvenil de la Editora del Gobierno del Estado de Veracruz (2017) y en el Premio Nacional al Estudiante Universitario en la categoría relato Luis Arturo Ramos (2020). Actualmente es columnista en la revista Espora de la UDLAP y dirige la revista digital Pérgola de humo.
