por Laura Elena Cortez
Que tiemble el Estado, los cielos, las calles
Que tiemblen los jueces y los judiciales
Hoy a las mujeres nos quitan la calma
Nos sembraron miedo, nos crecieron alas
“Canción sin miedo”, Vivir Quintana
Como muchas personas he perdido la noción de los días en la cuarentena, he pasado por diversos estados de ánimo y mi voluntad ha oscilado entre Netflix y rutinas de cardio en YouTube; he tocado el optimismo que me ha permitido el privilegio de poder permanecer en casa a mis anchas y sin preocupaciones, como también he caído en una rabia impotente al ver noticias tan injustas en redes sociales que, desde mi insignificancia, no puedo cambiar. Afortunadamente suelo ir a la cama con la satisfacción de cumplir algún objetivo durante la jornada, cosas pequeñas como hacer ejercicio, ayudar en los deberes del hogar, leer unas páginas del libro que me prestaron antes de la cuarentena o colaborar a mis amigos más emprendedores con algún capítulo de podcast. He intentado aprender a valorar cada logro por más pequeño que sea, pues la cuarentena no sólo ha sido un montón de días irreconocibles, sino un cúmulo de pequeñas cosas que valen y me han hecho reflexionar como nunca.
Entre las cosas más grandiosas que han alegrado estos días sin nombre ni número se encuentra el regreso de las mariposas monarca a mi jardín. A pesar de la pandemia, a pesar de toda injusticia social de este año apocalíptico las mariposas retornaron y entre revoloteos dejaron sus huevecillos en las asclepias de la cochera. ¡A los pocos días las plantas se llenaron de orugas de todos los tamaños que comían sin parar! Mi mayor diversión era cuidar a estos insectos; las orugas son ciegas y, si el césped es demasiado largo, pueden perderse en él. Por ello dedicaba mi tiempo en buscarlas entre la hierba para después colocarlas en una hoja donde pudieran seguir alimentándose, también alejaba a los escarabajos y construí un refugio para que pudieran hacer su crisálida. Sin embargo, pasó lo que habría de esperarse de cuando salvas insectos que por selección natural quizá no debieron sobrevivir, faltó el alimento y se volvió evidente que algunas orugas morirían por inanición. Por sentido común pensé en salir de casa para buscar hojas que pudieran comer, el año pasado ocurrió lo mismo y sólo tenía que cruzar la calle para traerles provisiones. No obstante, mis vecinos de enfrente habían arrancado su arbusto de asclepia, única especie de las que se alimentan las orugas de monarca, al igual que mi vecino de al lado, el de la vuelta y el de la esquina. No podía creer que no hubieran observado que esas plantas aparentemente silvestres y “venenosas” eran en realidad un anzuelo para atraer al lepidóptero más extraordinario de América. Pero fue obvio que así había sido, con seguridad podría decir que la gente de mi barrio creyó que las orugas eran una plaga y que la planta era maleza indeseable.
He dicho que la cuarentena ha sido para mi un cúmulo de pequeñas cosas que me ensimisman a la reflexión. Pues bien, además de entristecerme el pensar que el pequeño jardín de mi cochera es un oasis para las monarcas –puesto que mis vecinos han aniquilado su única fuente de alimento–, también me ha orillado a cuestionar si estoy en un caso similar a la de ellas. En cuatro meses mi casa ha sido el único lugar dónde puedo estar a salvo no sólo de un virus mortal, sino de los peligros del estado con más feminicidios en el año y donde los cárteles se disputan el territorio a base de violencia y muerte. Sí, vivo en aquel estado conservador –casi medieval – donde se apela a argumentos religiosos para impedir el aborto en un gobierno laico y la gente marcha en pro de la “familia natural” cuando en realidad luchan por perpetuar la homofobia. Guanajuato es, del tiempo a la fecha, un lugar inaudito. A menudo me pregunto cómo será volver a la libertad de antes en un sitio como este, ¿podré salir de casa con la misma confianza? Lo dudo, si no es COVID quizá sea algún otro virus de mi municipio el que me enferme, alguno de esos males tan normalizados hará que pierda mi tranquilidad aún si puedo salir y ver a mis amigos. Estar tanto tiempo en la seguridad de mi casa me hace dudar en si quiero salir después del encierro.
Después de los siete días las crisálidas se vuelven transparentes y permiten apreciar el cuerpo contraído de la mariposa. Suelen salir por la mañana, luego estiran y secan sus alas hasta bien pasado el medio día. Es entonces cuando salgo a contemplar su primer vuelo por encima de la barda y, una vez que la pasan, sé que no volverán. No tengo alas en la espalda para huir de los peligros y, en comparación de las monarcas nacidas en mi jardín, no está en mi posibilidad emigrar tan rápido. Con la misma seguridad puedo decir que la cuarentena terminará y saldremos de nuestras casas para enfrentarnos a la realidad que no ha hecho más que esperarnos, la violencia no ha parado.
Todas estas reflexiones traen a mi memoria el primer libro que leí durante la cuarentena, Un lugar seguro de la mexicana Olivia Teroba. Este libro está compuesto por ensayos que abordan temas sobre el feminismo, la concepción del auto cuidado y los retos para asegurar un entorno digno para las mujeres. Para Teroba es necesario reconocer que, si bien las circunstancias de la realidad no son las que necesitamos para vivir en paz, debemos aferrarnos al lugar seguro que podemos establecer desde nuestra individualidad. Yo soy mi diaria compañía, por lo que mis pensamientos y placeres deben marcar un lugar libre de violencia. Nuestra cuerpa debe ser el primer espacio donde anide el autocuidado a fin de convertirse en un lugar sororo en el cual otra feminidad pueda unirse y expandir la red de seguridad. Cuidarnos entre nosotras y luchar por que algún día no tengamos que hacerlo es la respuesta ante el miedo de hoy. Pareciera que el mundo se detuvo al entrar en cuarentena, pero es un error pensar que lo hizo el feminismo.
Ante la falta de alimento para las orugas he plantado semillas de asclepias, si el mundo se vuelve hostil sé que puedo hacer una diferencia desde mi hogar. Del otro lado de mi puerta puede existir gente que no entienda la relevancia de una planta para una mariposa en peligro, ni tampoco la diversidad del amor ni la importancia del feminismo. Sin embargo, espero convertirme no sólo en el lugar seguro donde se encuentre una mano amiga, sino también en la semilla que transforme el jardín. La pandemia me ha enseñado que las cosas pequeñas pueden cambiar, si no el mundo, sí la vida de una persona. Con esto en mente espero el regreso de las mariposas y mi propio retorno a la sociedad. No se va a caer, ¡lo vamos a tirar!
Laura Elena Cortez Romero
(León, 1999) Ganadora del tercer lugar en la categoría de cuento en “Mundos Posibles” (FeNaL-IBERO) 2018. Fue partícipe del décimo primer Curso de Creación Literaria Para Jóvenes Xalapa 2019 por la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana. Es estudiante de Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato.

