Mi abuela y su muerte

por Vanessa Arvizu

Un día a mi abuela le dio un infarto y fui a verla al hospital. Estaba tendida en la cama con los antebrazos pinchados por agujas, con el semblante pálido y el cabello enmarañado. En su pecho tenía una luz apenas pequeñita, como los foquitos de un árbol de navidad; era su muerte que le colgaba justo frente al corazón. Me apretó el brazo como de costumbre, haciendo conchita con sus manos de arrugas blandas, y sonrió con esa risilla como de quien no sabe que lleva la muerte prendida al pecho.

Desde entonces, mi abuela dejó de dormir en su cuarto donde guardaba los velos que le daban en el Santuario de Jesús de Nazareno Atotonilco, donde tenía doblados sus fondos satinados que mi hermana y yo usamos cuando niñas para simular que éramos hadas, princesas, viajeras o magas; donde tenía su alcohol de hierbas que nos ponía cuando nos dolían los huesos por el crecimiento.

Mi abuela se mudó a uno de los cuartos de abajo, al fondo de su patio. Y ahí, en una cajonera de plástico, guardó su muerte. La muerte se quedó en ese cajón un buen tiempo, jugando con los aretes y los cristos de madera, pasando entre las cerdas de los cepillos y los cabellos plateados, y acurrucada en la cajita de los hilos y botones. 

Esa muerte siempre me cayó mal. Era mustia. Por las noches, salía a escondidas entre las rendijas del cajón y le saltaba encima a mi abuela. No la dejaba dormir, le oprimía el pecho hasta que le faltaba el aire, le provocaba dolores de cabeza y dientes. 

Esa muerte siempre me cayó mal, pero mi abuela, con su corazón noble, le tenía mucha paciencia. Cuando le prestaba sus sueños, la muerte los convertía en aflicciones. Cuando mi abuela apenas y tenía un hilo de energía, la muerte se la gastaba toda. Y cuando le confesaba sus miedos más profundos, su muerte la aterrorizaba ¿Por qué le tocó una muerte tan poco empática? ¿Por qué tuvo que soportar una muerte tan testaruda?

Mi abuela guardó su muerte por unos años, luego, el mundo se enfermó y nos encerramos todos durante meses. Dejamos de vernos. Dejé de verla a ella y a sus ojos llenos de bondad, a sus labios pronunciando palabras dulces que siempre les dicen las abuelas a sus nietas, dejé de escuchar sus pasos despacitos con sus zapatos desgastados, perdí el olor de su mandil que impregnaba todos los sabores que nutren el alma. Dejé de verla a ella porque su muerte la había hecho vulnerable. Hasta que un día, el mundo de mi abuela ya no era más su mundo. El nuevo mundo estaba lleno de cosas que mi abuela no entendía. Mi abuela habló con su muerte y la muerte la escuchó por primera vez, y mi abuela dejó de existir. 

El día que murió mi abuela llegué a su casa y corrí a ese cuarto del primer piso, el que no era el cuarto de los velos del Santuario, ni de los fondos satinados, ni del alcohol con hierbas; y vi el cajón de plástico abierto y busqué a su muerte. La hallé fuera de la habitación, en las manos temblorosas de mi abuelo, en los pasos angustiados de mi padre, en las gargantas de mis tías, secas por el llanto, y en los lamentos que me brotaron a borbotones en forma de una luz crecida que se esparció por todo el patio y que rodeaba la caja fúnebre donde estaba el cuerpo sin vida de mi abuela.

Su muerte me acompañó desde entonces. Me oprime el pecho, tal como lo hizo con mi abuela. Su muerte ha turbado mis sueños más hermosos, su muerte ha silenciado mis palabras de desahogo. 

Un día encontraré mi propia muerte, un día la sumergiré en un cajón de plástico y la liberaré cuando este mundo ya no sea el mío, y alguien arrojará lamentos como borbotones de luz que llegarán hasta mi cuerpo sin vida.




Vanessa Arvizu

(Ciudad de México, 1985) Socióloga, comunicóloga, feminista y madre. Egresada de la licenciatura en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra en Sociología con especialidad en Sociología de la Educación Superior por la Universidad Autónoma Metropolitana, institución en la que actualmente cursa el doctorado en Sociología. Ganadora del premio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) por la mejor tesis de maestría en 2016. Obtuvo mención honorífica en la categoría ensayo del Premio Dolores Castro 2019.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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