por Margarita Dager-Uscocovich
Es difícil volver a donde los recuerdos amargos te causaron heridas. Sin embargo, estoy aquí, parada frente al mar con su inmenso azul turquesa y sus crestas apagadas que terminan en espuma blanca y tibia sobre mis pies. Los albatros y las gaviotas se deslizan sobre una bóveda gris por la garua que el invierno trae a las playas de Canoa. Los años pasan, pasan lentos, o viajan rápido dependiendo del ánimo de nuestro espíritu. Mi espíritu parece que se ha quedado entre dos velocidades, atascado en el limbo. No quería volver, pero tenía que hacerlo.
Observo una estrella de mar desfallecida, su color rosa se va diluyendo, es perfecta de esta manera, tiene sus tentáculos completos, descoloridos sí, pero singularmente delineados por la mano de la naturaleza que nos propone hermosas y a la vez crueles jugarretas. Una ola se despierta enojada de pronto, su sonido me recuerda al que escuché antes, cuándo digo antes, es hace cuatro años. Me da angustia aquel sonido que sale de las entrañas del océano para apoderarse de sus propias superficies e inundarlo todo. Sostengo la estrella de mar contra mi pecho y escucho el rugir del mar. Imágenes indistintas se apoderan de mí; primero escucho su bramido, este empezó despacio, recorrió el vientre de la plataforma marina y se posó en mis oídos y en mis ojos, vi cómo se levantaba veleidoso en forma de tormenta hipnótica, peligrosa. Una gaviota vuela a pocos metros, luego la siguen dos más, el cuerpo de una niña de doce años más o menos con sus cabellos de líneas doradas me hace olvidar por un momento los sentimientos que se despiertan en mi cuerpo. Demasiado incómodo está siendo el retorno.
Se que estoy temblando, se que recordar me da miedo. Pero el mismo miedo me había traído hasta aquí otra vez. Juré no regresar, me prometí cientos de veces no pararme en estas playas de verdes palmeras, de riscos altos donde la nueva era de surfistas disfruta de una cerveza o de aguas de coco con el cielo brumoso o con sol candente. Hoy el cielo esta ataviado de rocío, no hay nubes blancas sino lánguidas y perezosas. El viento sopla anunciando que se desata una pesada manga de agua. Poso mis ojos en la niña que sigue sentada jugando con las paviotas chillonas a pesar del temporal que se acerca. Yo también sigo aquí, sigo abrazando a la valentía y a la estrella marina casi rosa contra mi pecho mientras pienso en que debo despojarme de todo mal augurio.
Recuerdo que una sudoración profusa se albergaba en mi piel cada vez que se mencionaba el océano, me hacía entrar en estado de shock, tanto así que mi piel mutó de color al no recibir los rayos de aquel sol intrépido de la civilización nativa que vivió hace más de 20 siglos en mi tierra de arenas doradas. Escuchaba la palabra “mar u océano o playa” y me veía a mí misma, a mis ojos reteniendo el líquido paradisiaco que se apoderaba de sus orbitas de manera ruda, salvaje. Las aguas del mar, del paraíso esmeralda y turquesa que me cautivó desde siempre se adentraba en ellas y poseían mis ojos castaños hasta quererlos hacer explotar. También el agua salitre entraba por mi boca en remolinos poderosos la llenaba de algas. Caracolas y conchillas, se atascaban en mi nariz hurgando la vía rápida a mi cerebro. Mi cuerpo se vislumbraba subiendo y bajando a su ritmo desenfrenado una y otra y otra vez, golpeándose con las rocas hasta que mis huesos se resquebrajaron. El miedo se apoderaba por secuencias, marcaba sus notas, mis ojos continuaban abiertos y mi cuerpo subiendo y bajando, ahí fue la primera vez que conocí el miedo.En esa experiencia con el mar subí y bajé cientos de veces, mi cabello se despegaba por partes, sentí que se desprendía de sus raíces, escuchaba a sus raíces sonar plin, plin, plin con sonidos amplificados. De pronto, el rugido del mar cesó, su ira se sosegó después de arrasar con embarcaciones, árboles, de jalonear sus propios monstruos marinos, para luego vomitar arrecifes dejándome en la superficie herida de muerte. “No sé cuánto tiempo transcurrí en sus armadas náuticas, no lo recuerdo”. Cuando esto sucedió, mis cabellos me cubrían parte el rostro, sangre salía del costado de mi pierna izquierda, la piel de mis senos ardía, sentía líquidos pegajosos erupcionar de mis manos y de mis pies. No podía casi moverme, pero la posición de mi cabeza con relación a mi cuerpo me permitía observarme toda, porque había quedado de espaldas apoyada en un tronco. Medio viva estaba, aporreada por completo estaba, no tenía una clara idea de si era bueno o era malo, pero dentro de toda esa crueldad por la que había pasado, todavía gracias a Dios seguía respirando. Por eso sabía que algo ocurría conmigo. Quise en ese tiempo acomodar mis recuerdos, darle una razón simple a las preguntas que se amontonaban en mi cabeza que todavía guardaba agua dentro de los ductos de los oídos. Me movía despacio para no sentir la cantimplora que tenía como sesera y que iba a estallar al caer la noche. La noche que podía divisar entre las cortinas de pelo. Sudaba profuso, me sudaban las entrepiernas, la rabadilla, las axilas, los antebrazos, las canillas… el sudor era pesado, eran lagrimas que no salían por las orbitas de los ojos sino por los poros de la piel mallugada. Sangre y efluvios traslúcidos chorreaban por doquier, eran salados…podía sentir su sabor caer hasta la comisura de mis labios y mezclarse con la saliva pastosa de mi boca. Ya no se escuchaba la furia marina, el mar estaba mudo, completamente mundo, tan mudo que todo a mi alrededor era un desierto silencioso. Recordé que el mar se extendía hasta la <Tierra de los muertos>, eso lo había leído en las historias griegas, o creo, que en los cuentos que narraban los judíos sefardíes en Turquía cuando paseaban por el Bósforo en la novela <Las Lunas de Estambul>…No estoy segura, o más bien, fue en el Discovery Chanel, sí, creo que ahí fue. Eso, eso creo que es más factible. Inmensidad, Infinidad, quietud, muerte, el mar. El mar es demasiado inmenso y esa, su misma inmensidad se debatía entre lo bello de su feminidad y de la crueldad constante del hombre. Por eso yo estaba en esa tormenta de cuestionamientos. El mar se hartó e hizo que yo estuviera aquí en esa ocasión patas arriba por decirlo de una manera jocosa. Tenía los ojos cerrados, el cabello se había dividido en hebras pesadas, todas caían desordenadas en el rostro. Sal, arena, conchillas, caracolas, espuma bravía de cresta de ola sobre él, lo convirtieron en un techo para mi rostro rasmillado. La muerte llegaba con la noche, la luna llegaba con las dos, luna y oscuridad clara. Tenía sed, la sangre se secaba y pájaros empezaban a acercarse a picotearme. No podía mover mis piernas, pero movía mis brazos, mis brazos eran las hélices de la pequeña avioneta en la que había llegado a tierra montubia, a esa pequeña plaza en el mar para surfear como cuando lo hacía de niña. Hélices grandes que espantaban a las aves de rapiña eran mis brazos cansados.
Desperté al escuchar: ¡vamos una vez más!, ¡una vez más! Mis cabellos ya no eran el techo de mi rostro, una tela blanca me abrazaba en forma de hamaca, al final de ellas manos grandes, tostadas por el sol sostenían sus puntas. Se había ido el silencio, mi piel estaba limpia del color bermellón de la sangre, mi boca se sentía pastosa pero no había rastro de sabores salinos. Sobre mi pecho yacía una estrella de mar, una estrella de tentáculos delineados de manera singular por la mano de Dios.
El viento se envolvió en mis cabellos, volví de mis recuerdos amargos al escuchar la voz de mi marido que suavemente me decía: ¡vamos, una vez más!, anda querida, una vez más sumerge tu cuerpo en las aguas marinas. Entonces, me di cuenta de que lo que yo pensaba que era una tormenta, pesada, fiera y terrorífica, era solo la recreación que el miedo le hacía a mi memoria.

Margarita Dager-Uscocovich
Autora de la novela corta NO ES TIEMPO DE MORIR que ha sido acreedora en su primer año de vida a dos premios en Estados Unidos como mejor novela de ficción en español por los premios NTBF2019, Texas y FISS2019, Savannah, mención honorifica por los ILBA 2019, Los Ángeles como mejor novela de aventura y drama. Sus poemas, relatos cortos y micro relatos forman parte de antologías publicadas en España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos de América y Berlín, Alemania. La nostalgia hacia su cultura y el valor de sus tradiciones, se dibujan en varios de sus relatos cuyo eje principal es la mujer. Ha colaborado con Editoriales y artículos de opinión en varios diarios de habla hispana y revistas literarias en Estados Unidos como en Ecuador. Para esta escritora, el escribir en español es un acto sagrado, sin embargo, en la actualidad ella considera que hacerlo es más bien un acto de valentía.
