Instantes eternos

por Karen AZ

Doña Rosa apaga el despertador, se sienta en la cama y suspira. Entra al baño con la calma de quien maneja el tiempo a gusto, aun cuando los años se le sumen a montones. 

Mientras que Ana silencia la alarma del celular por octava vez, hasta que nota la hora y salta de la cama con el cuerpo enredado de sábanas. Ni tiempo de bañarse tiene. 

Doña  Rosa desayuna un cafecito, sus huevitos y el pan casero que amasa en las noches al canto de pájaros en la ventana, mientras admira sus flores y plantas que cada día están más vivas.

Ana sale de su casa y apenas alcanza a dejarle agua y  comida al gato.

Doña Rosa cierra la puerta y camina lentamente hacia la parada del colectivo, puntual como siempre. Solitaria, desde que la familia se le fue lejos, es ella con sus libros, sus flores y su Soledad.

Ana corre. Tiene que correr porque, si pierde el colectivo otra vez, la despiden del trabajo. Ana corre, corre y vuela, dobla la esquina y maldice al colectivo que no frena y se le va. Aun así llega a la parada, con hambre, de mal humor y preocupada por el trabajo.

 Veinte minutos después, Ana toma el siguiente colectivo, ya pensaría en que decir por la tardanza.

El chofer ha detenido el bus y se dirige a los pasajeros -Disculpen señoras y señores-

Ana insulta con la mente al tiempo, al chofer, a la suerte asquerosa que le toca y sigue pensando en que dirá en su trabajo…

El chofer continúa:-En la próxima parada va a subir Doña Rosa que sube todos los días a la misma hora. Hoy cumple 70 años, así que si ustedes me permiten… -el chofer se inclina para sacar una torta del costado del asiento y comienza a repartir globos de colores a todas las personas -…sería lindo que le cantemos el feliz cumpleaños cuando suba, ¿quieren? La pregunta del chofer hace pie en los ojos de Ana, que de a poquito se humedecen, emocionados de mirar cómo se inflan un montón de globos, cómo nacen risas y miradas cómplices,  cómo el chofer salta al asiento y enciende  el motor  como un niño feliz en su travesura. 

Doña Rosa extiende la mano en la anden para detener el colectivo, “Hoy maneja Ibáñez, al menos tendré con quién charlar un poco” piensa, mientras deja subir a las tres  personas que esperan con ella,  Se toma del pasamanos, agarra su carrito lleno de libros  y sube.

Apenas pone y pie dentro y  antes de pagar siquiera, la sorprende un estrépito de colores, palmas y voces desafinadas cantándole el feliz cumpleaños. 

El chofer enciende una velita y con la mirada la invita a desear. 

Rosita se ríe, cierra los ojos, pide un deseo emocionada mientras sopla y el colectivo estalla  en aplauso y alegría.

Ana se acerca al chofer y se ofrece a repartir la torta. Lentamente los asientos vuelven a ocuparse.

 Alegre y  lento, todo vuelve a la normalidad del colectivo, apenas enrarecida por un aire nuevo en las caras un sentimiento nuevo en el corazón.

Una bandada de globos baila los restos de un festejo improvisado. 

Ana y Doña Rosa se sientan juntas, conversan y las historias de Doña Rosa le llenan el alma a Ana, la cual no puede parar de maravillarse, de reflejarse en ella, de sentir su pasión y ganas de vivir.

Cuentan que ese día alguien salió de su Soledad y encontró alguien que la escucha.

Dicen que ese día alguien perdió un trabajo y encontró una abuela. 




Karen AZ

Karen es una docente y narradora colombiana, residente en Brasil.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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