Génesis

por Vane Juárez

Después de acabar con el último de sus peces dorados, en la inmensa pecera decidió comenzar un terrario. Era muy hábil para la construcción, una de sus actividades favoritas. Pronto estuvo listo.

En el jardín, cerca del rosal, caminaban pequeños bichos despreocupados. El Pequeño tomó un par que, por mera casualidad, resultaron ser macho y hembra.

Los colocó en el terrario y les dio todo lo que pudieran necesitar.

El par de bichos feos fue muy prolífico, la población aumentó con gran velocidad. 

Lo único que hacían era andar de un lado a otro, comer y quedarse estáticos por largos periodos de tiempo. Le parecieron muy vagos y dejó de darles alimento para que murieran de una vez. 

*

Todos corrían de un lado a otro, desesperados sin saber qué hacer. Esta reacción le hizo tanta gracia que quiso ver más de los curiosos animalitos.Tomó una semilla de pera, su almuerzo, la plantó y la dejó crecer.

Notaron la intervención del Pequeño. De los frutos de esa planta sacaron las semillas y las sembraron. Se podían ver hileras de bichos escarbando la tierra con sus patitas traseras, mientras otros tantos colocaban las semillas y las enterraban; todo un espectáculo.

La diversión del Pequeño era ver a los bichos equivocarse, pues eran muy torpes. Cuando caían, verlos esforzarse para enderezar sus estorbosos cuerpos era de lo más cómico. No conocía el sufrimiento, desesperarlos era para él un juego.

En una ocasión en la que sus vidas parecían demasiado tranquilas, el Pequeño encontró una lupa entre los cajones de su habitación. Con el sol, provocó un gran incendio en el terrario. Muchos bichos cayeron, dejando a unos pocos para que su diversión no acabase.

A pesar de este, y otros acontecimientos, pudieron levantar su diminuta comunidad.

Nacían, crecían, morían; aprendían cosas nuevas, cada generación era mejor que la anterior. Ocupaban sus días en artes que los bichos no suelen aprender en el jardín.

Construían cada vez más elaboradas cuevitas y extendían los túneles mucho más de lo que en realidad necesitaban. Con sus antenas, aprendieron a hacer sonidos muy similares a lo que nosotros llamamos música; al compás de estos sonidos, saltaban graciosos tratando de seguir el ritmo. 

Se separaron en grupos, tenían funciones. Familias enteras se reunían en sus modestas cuevas y parecían entenderse. Llegaron al punto de hacer garabatos en las paredes transparentes del terrario.

El Pequeño estaba asombrado. Aunque su inteligencia no le parecía fuera de lo común. Por lo menos han llegado al grado de hormigas. 

Pasaba el tiempo viéndolos, era su novedad del momento y no podía estar más entretenido.

Entonces percibieron la presencia de alguien. No se les ocurrió otra cosa que ver al cielo. Si alguien nos observa, debe ser desde arriba.

La primera semilla había estado presente entre sus historias, pero fue hasta ese momento en que le tomaron verdadera importancia. 

Ahora estaban seguros de la existencia de alguien que velaba por ellos, quien debía tener un amor inmenso si los cuidaba tanto.

*

Se apoyaban en sus patitas traseras y levantaban sus antenas al cielo. Qué cosa tan graciosa hacen ahora.

Pronto, dejaron de ocuparse de las curiosas artes que habían desarrollado.

Construyeron esculturas del Gran Bicho. Si nos entiende y sabe cómo pensamos, entonces quien nos cuida también es un bicho.

Ya no tocaban música ni bailaban por las noches, pues este tiempo fue destinado a rendirle culto al Gran Bicho. Muchos se rebelaron, pero aquellos que lo hacían eran expulsados de su sociedad y desterrados a las esquinas del contenedor.

No tomaban igual las catástrofes, en lugar de correr con terror pedían al Gran Bicho que los salvara.

Nunca, desde el día que dejó crecer una semilla, metió las manos en el terrario.

Todos levantaban sus antenas al cielo sin saber que su observador los veía desde el lado derecho de las paredes de cristal. 

Comenzó a aburrirse de verlos hacer lo mismo todo el tiempo. 

Dejó el terrario en el jardín. El Sol se veía curioso, las Nubes se acercaban para poder espiar también y los pájaros cantaban de hambre.

El repicar de las campanas de la iglesia le advirtió que era hora de irse.




Vane Juárez

Desde siempre en Puebla, Puebla. Dedicada a escribir literatura
infantil desde 2015, pero fascinada por ésta desde la más tierna infancia.
Preocupada por el especismo, el respeto a las identidades trans y el feminismo, tiene varios textos que giran en torno a estos temas. Ha escrito para revistas digitales como Vertedero Cultural, Neotraba y Pez Banana. En 2017 publicó en dos antologías, El amor en los tiempos de internet y Antología Z, ambas de la
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Actualmente tiene un proyecto con su hermana de cuento e ilustración llamado Miel y letras. Es estudiante de Lingüística y Literatura Hispánica en la misma universidad.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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