Por Camila Pineda
El grifo del agua goteó infinitamente toda la noche. La luz intermitente del pasillo muere, va a morir, tal vez esté a punto de morir. Busqué un lugar para sentarme y elucubrar algo que requería más de media hora o menos de media hora. Hice versiones de mis vidas y para no perder la coherencia anoté los beneficios acumulados por ser nadie.
Me vieron venir y nadie dijo nada. En medio de un silencio perturbador se escuchó un disparo de escopeta. Cuando estaba a punto de despeñarme, nadie dijo nada. Un color escarlata cubrió mi frente. A lo lejos escuché gritar- está agonizandooo- y una nube de pólvora cubrió el cielo. Ya nadie dijo nada.
Sentada a la orilla de la cama con el rostro desfigurado por la llama de una vela permanecí días enteros. Ensayé tomar mi muñeca y cortar la vena. Por un instante ansié que mi corazón no dejara de latir y recordé que todo lo que se deja a última hora fracasa.
Desde esa noche de aquí no salí. Permanecí inmóvil. Me entraron a matar y me dejaron viva. No quise correr y me mataron sin suponer que todavía respiraba.
Mi habitación es muy estrecha. Me pregunto quién se ha sentado a la orilla de mi cama. No puedo ni quiero abrir los ojos, me pesan los párpados. Sin embargo reconozco ese rostro y le ruego que se acerque pero mis labios están paralizados. Pienso que no hay prisa, el dolor se ha ido y susurro que esto es tan hermoso. Solo vos debés estar aquí.
Sé que están esperando afuera. Todos me quieren aunque sigo siendo una diversión para ellos y aún en mi lecho de muerte alcancé a…

Carolina Pineda. Guatemala 1962. Dedicada a la escritura y al performance. Estudios en pedagogía, artes visuales, arte contemporáneo, género y feminismo. Obras publicadas: EyaCulo, mi propia seducción, OASIS 2000. No soy poeta, Chuleta de Cerdo 2012. Pavloviana, la perra. Alambique 2018.
