Por Camila Lucía Gómez Maldonado
Mariela con escopeta en mano, yacía parada en la puerta de su casa. Mirando a la luna, cantándole al cielo, que ella no permitiría que la sangre se derramara en su cuadra. Hace un mes que su pequeña Adela no volvió a casa y la escuela se lavó las manos, las enjuagó con la falta de empatía y las secó con la toalla de la indiferencia. Fue desde esa fecha, que el arma fría se volvió de Mariela, compañía.
En la farmacia de la esquina, un hombre, cigarrillo en mano y cabello cano. En medio del frío sin darse cuenta que ya una mujer de negra piel, con su compañera ya esperaba. Eran dos ya las desaparecidas que por sus manos ya pasaron, dos niñas de escuela y de colegio, respectivamente, pero la muerte a veces se toma su descanso junto a la alcantarilla y esta noche habría trabajo largo para ella.
Mariela con el valor de la mirada, recordando las lágrimas de su cuñada, ahora sale de su casa y va a la tienda por un pan y un poco de mortadela, mientras los estudiantes del nocturno empiezan a salir de clases. Adolescentes caminando a casa, en este barrio peligroso, en este mundo monstruoso, pisando los cascabeles de las serpientes.
Varios autos empiezan a ir a prisa, mientras en una farmacia, ya se va dibujando una sádica sonrisa. Se cierra la farmacia a las nueve y los chicos salen a las ocho y cuarenta, veinte minutos para que una jovencita sueñe con ir a casa. Mientras Mariela mete la mano a su bolsillo, sintiendo a la fría compañera, susurrando que solo para la justicia será usada.
Cuando ya está a punto de cerrar las ventanas Mariela, algo en su pecho le avisa de cuidado. Ve a una joven pasar casi volando, la mira triste y de pronto en medio de la niebla desaparece. Es momento de que ella actúe y sale con el frío en los huesos, con la mano firme y mira cerrada la farmacia, pero un grito de ahí escapa.
Los golpes son dados con furia, ella sabe que no hay policía que la ayude, que no hay santo al que pueda rezarle y que todo en sus manos cae. Al no recibir respuesta, los tiros al aire vuelan y un ladrillo impacta contra el cristal donde un cuadro de Cristo adorna.
Pronto se halla ante los gritos desaforados, en la misma sala donde su hija hace años fue acabada. Siente las sombras abrazarla, es momento de que su mano haga justicia ante el daño, entonces mira un bolso. Una mochila rosa en el sillón, con unicornios y una hoja con el nombre: Citlalli. Su mente inmediatamente coordinó, la comadre lavandera, la mujer que con ocho hijos a cuestas se encargaba que nada faltara.
Escuchó un: “¡Cállate!” en la otra habitación y la sangre le hirvió. Fue suficiente aquella voz, para que ahora con sus ojos completamente abiertos, dirigiera su arma a la cabeza del hombre. Lo vio sobre la niña y solo escuchó el disparar de su fría compañera. Luego el quejido y los ojos llorosos, mientras caía de rodillas.
Alguien entonces secó sus lágrimas y puso la pistola en sus manos, era la niña salvada, aquella que besó su rizado cabello y luego tomando sus manos soltó un pequeño susurro en su oído: “el dragón que lo mató, huyó por la ventana, no vi su rostro”.

Me llamo Camila Lucía Gómez Maldonado, nací en Ecuador, en la provincia de Loja. Soy egresada de la carrera de comunicación social, tengo 23 años y desde pequeña he tenido el gusto por la lectura y la escritura. Actualmente me dedico a subir textos literarios en diferentes redes sociales.
