Reflexión en tiempos de pandemia

por Diana Ibañez

Con veintiún años cumplidos y con la pandemia que me obliga a quedarme en casa me entra la curiosidad de buscar por mi mente algún recuerdo de los inicios del por qué Diana es como es. Creo que compartir es vivir y por eso abro mi corazón para contar el  por qué soy yo. Qué es lo que pienso que me hizo ser yo.

Nací un jueves en el mes regido por Escorpión. Desde ahí tengo la etiqueta de ser fuerte, perseverante, valiente; pero a la vez me cuelgan otras como testaruda, enojona o demás. Tengo la pequeña idea de que no puede ser mentira que así seamos los escorpianos, pero tampoco es una verdad absoluta.

Crecí en una familia de tres: mi mamá, papá y hermano mayor. Los cuatro éramos (y lo seguimos siendo) disfuncionales completamente, lo cual nos hace tener problemas entre nosotros seguido por la confrontación de ideas, pero al final del día, somos familia y limamos asperezas.

Veía que mis padres tenían muchos conflictos seguidos y se encerraban en su cuarto a discutir. Mi papá salía furioso y se iba de casa cuando mi mamá estaba sentada en la orilla de la cama llorando. Yo no sabía qué hacer o qué decir, era una niña de apenas ¿tres? ¿Cuatro años? Definitivamente me faltaba aprender mucho.

Cuando hacíamos cosas en familia los fines de semana siempre era visitar a la familia paterna. Cuando mi mamá ponía en la mesa la posibilidad de visitar a sus padres mi papá decía que nos dejaba en su casa y que nos recogía unas horas después. Recuerdo todavía que cuando llegaba a su casa no pasaba de la puerta de entrada y en cinco minutos teníamos que estar en el carro.

Conforme los recuerdos pasan en mi mente llego a los momentos donde antes del feminismo criticaba a mis compañeras de salón. Que si se veía muy ofrecida, muy torpe; incluso llegaba a pensar que me caían mal porque eran bonitas o reconocidas en la escuela. Mi complejo de inferioridad resaltaba demasiado. Y no sé si el mismo problema me hizo vivir algunas experiencias no gratas.

Muchas de ellas tienen que ver con los piropos no pedidos. Cuando los hombres me chiflaban por las calles o se me quedaban viendo y me ponían incómoda, ni hablar de las veces que me tocaron en el transporte público. Siempre que pasaba tenía miedo y no sabía qué hacer. 

El primer momento que recuerdo donde no me quedé callada fue en la secundaria. Yo era objeto de burlas y maltratos de un niño. Me llevó años terminar con eso y fue de la forma más sencilla posible: gritándole con todo mi enojo posible que me dejara en paz. Fue un acto de valentía que me reconocí hasta muchos años después.

No fue sino hasta la media superior, cuando empezó el movimiento feminista en Argentina que empecé a interesarme sobre el  por qué en México no había un movimiento tan grande y sonoro como el de nuestras compañeras. No investigué mucho, sin embargo lo que ellas en principio querían era la despenalización del aborto y eso para mí fue un asombro enorme. ¡Nosotras eligiendo por nosotras y nada más que nosotras!

Hablando de esos temas con mi papá me dijo que estaba perfecto que en Argentina protestaran por la libertad de decidir sobre su cuerpo, mientras que mi mamá estaba totalmente en contra de ello. Yo trataba de decirle a mi mamá que lo pensara, que no era justo que se tuviera al hijo si no se cuentan con los recursos…su respuesta fue siempre la misma, “yo no soy una asesina”. Desde este momento hasta la actualidad empezó un cambio que siento significativo.

Lo primero que identifiqué fue la presión que mi papá ponía en mí. Que me arreglara, pero no demasiado, que no usara maquillaje porque mi cara podía lastimarse y lo que más he aborrecido: que no me corte o pinte el cabello porque no es natural y porque le gustan las niñas con cabello muy largo. Sobra decir que lo primero que hice fue cortarme el cabello. Lo tenía muy por encima de mis orejas; esa fue la primera vez que le decía sin palabras a mi papá que no iba a dejarle decidir por mí.

Otra vez doy un salto en mis recuerdos hasta hace unos años. Tuve una experiencia extraña sobre un tema delicado el cual me hizo ver la injusticia que existe cuando no hay pruebas o cuando dicen algo que descalifica todo lo que ocurrió y se cierre el caso. Me hizo llorar de coraje cuando lo pude hablar con alguien y me dijo “eso que hizo no estuvo bien. Qué bueno que saliste de ahí”. 

Estoy segura que desde ahí empecé a ser extremista con lo erróneamente normalizado: tú no me tocas, no me dices palabras bonitas y no me dices qué hacer o cómo ser porque no me interesas. Dejé lo que me incomodaba y me hacía sentir mal. Empecé a empaparme de la gran novedad llamada feminismo y hasta el día de hoy me sigue interesando lo que voy descubriendo.

Solía tener una amiga con la cual podíamos hablar de este tema por horas y leíamos mucho sobre esto. Sin embargo existen ramas de las cuales no puedo aún comprender e incluso puedo llegar a esta en contra de sus ideales; ella era parte de esas ramas y nuestras diferencias son más que el cariño que pudimos llegar a tenernos. Sin embargo el sentimiento de sororidad y respeto siguen ahí, le admiro todo  lo que sabe.

Todo esto ha pasado y sé que hay más que me ha hecho ser yo, aunque aún sigo investigando y cuestionando lo que falta por ver. Me siento emocionada de lo que puede llegar a pasar en un futuro y hacer que mi panorama cambie. Me gusta estar en constante cambio.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

Deja un comentario