Privilegio de la clase

Por Cynthia Sotelo

Viernes 13 de marzo 2020.
Última hora de clases. No entré, porque es la (ahora común) materia donde la tecnología del aula; se limita a presentar una tediosa exposición de PowerPoint leída a ritmo de arrullo. No culpo al profesor, él mismo dice que no se jubila porque enseñar química es su pasión, y nada tiene que ver con las prestaciones… En vez de eso me quedo con amigos en la cafetería, pensando en que la siguiente semana habría exámenes de todas las materias.

Domingo 15 de marzo 2020.
Festejamos el cumpleaños de mi papá. Toda la familia vino a nuestra pequeña casa a estar amontonados, comiendo, conviviendo y bebiendo. No estudié nada, pero aún tenía el lunes feriado para memorizar lo necesario para el examen del martes.

Lunes 16 de marzo 2020
Tampoco estudié. En la tarde otras universidades cancelaron clases por la pandemia, así que decidí que en pocas horas mi universidad haría lo mismo, ¿para qué estudiar entonces? Dieron las ocho, las nueve, y para las diez de la noche me llegó el rumor de que consejeros y directivos estaban en junta para decidir nuestro destino. Seguro suspenden…

“Comunicado oficial: Esta semana se asistirá a clases siempre y cuando los alumnos no hayan asistido a eventos masivos, tales como: vive latino, partidos de fútbol…”

Momento de pánico, pasé la tarde viendo Netflix, era hora de estudiar. Once de la noche:

“Comunicado SÚPER oficial: Siempre si cancelamos clases (recordamos que andar en metro cuenta como evento masivo)”.

Bueno, en fin, ni siquiera abrí el cuaderno, ahora a dormir.

Primeras semanas en cuarentena
No sabía que hacer con tanto tiempo, hice ejercicio, comí sano, retomé lecturas, el violín, intenté cocinar. Luego recordé la razón de por qué abandoné todo lo anterior.

A partir de aquí, ya no sé de fechas ni espacio-tiempo
Ahora debía tomar las clases en línea, problema uno: tenía un profesor desaparecido, problema dos: la mayoría solo mandaba PDFs o PowerPoints.

Sobre el profesor desaparecido: Pregunté a mi grupo si conocían su paradero, pero nadie sabía nada. Él era un profesor mayor, paranoico sobre los riesgos de dar a los alumnos sus datos de contacto. Me ofrecí a mandar mensaje al consejero para preguntar, y terminaron haciéndome jefa de grupo. Acepté mi cargo (no me quedaba de otra, nadie se ofreció) y con mi nueva jurisdicción hice escuchar a mi grupo ante el solemne jefe de carrera. No sirvió de mucho, al parecer la paranoia del profesor no era solo con los alumnos, sino que NADIE tenía su correo.

Sobre los PDFs y PowerPoints: No me preocupó en un rato, hasta que las calificaciones del grupo comenzaron a bajar, por lo que intentamos hablar con el profesor de química, pero nos dijo; palabras más, palabras menos, que su salario no cubre nuestras necedades, y no iba a dar clases por videoconferencia ni nada de esas modernidades. Al parecer las prestaciones sí tenían algo que ver.

En algún momento del espacio-tiempo
Llegaron mis padres del trabajo. Mi mamá me llama porque mi papá tiene algo que decirme. Momento de pánico. Pienso que despidieron a mi papá, no ha trabajado tanto tiempo ahí, la situación es difícil ahora, casi quiero llorar de incertidumbre. Bajé las escaleras, y mi papá como buen hombre; no dice nada, hasta que mi mamá lo mira desafiante como diciendo “es hora de hablar”. Entonces mi papá respira resignado y me cuenta como una mujer de su trabajo no se reportó en un tiempo, y justo ese día llamó para decir que tenía COVID-19. Ahora toda la oficina debe hacerse la prueba, hasta entonces estará en casa con nosotras. Al final no fue tan malo, digo, mi papá aún tiene trabajo y se ve sano, seguro dará negativo.

72 horas después de la prueba
Pues siempre sí dio positivo, más de la mitad de la oficina lo fue. Solo nos queda estar en cuarentena a todos en casa. Mi mamá dormirá conmigo, es como si tuviera seis años otra vez. Hay tensión en la casa, parecemos estar en un juego de póker, donde todos tenemos malas cartas, pero eso sí, nadie quiere revelarlo. Mi papá no es una persona de interiores, tenemos que corretearlo y vigilarlo para que no salga, porque según él, no está enfermo; porque no se siente enfermo. Después de explicaciones con peras y manzanas sobre el riesgo que implica que salga, acepta de mala gana. Antes me prohibía salir, ahora los papeles cambiaron, se siente bien, ya sé porqué lo hacen.

La pijamada con mi mamá no funcionó, por nuestros horarios de sueño distintos, por lo que compró un colchón inflable y se fue a dormir al estudio. Hasta mi perro se va con ella, no sé si mi ciclo circadiano es un asco o simplemente mi perro la ama más.

Después de la cuarentena de papá

Él regresó a trabajar y todos respiramos por volver un poco a nuestra cotidianidad, o nueva normalidad. Nunca mostró síntomas, solo ganas de salir.

Finalmente consiguieron el correo del profesor desaparecido, era hora de mandarle mensaje: “Buenas tardes, profesor, quisiera saber sobre la continuidad de la clase…”. Me esforcé por ser propia y directa, demostrar que merecía el poco codiciado poder de ser jefa de grupo, aún así de poco sirvió, el profesor me dijo que no molestara, que estaba planeado regresar a clases presenciales en algún momento según el comunicado oficial. 

A las pocas semanas (o días) salió el comunicado oficial de: “Siempre no vamos a volver a clases”. Yo en mi autoridad de jefa, envié otro correo. Me contestó igual a la primera vez, yo insistí sobre que no íbamos a volver, él me insinuó en su respuesta que yo había leído mal. Pero mis papás no criaron a una rajona, a una berrinchuda sí. Entonces como buena hija única mandé mensaje al consejero acusando al profesor, y él como buen niño berrinchudo lo mandó a alguna autoridad y de seguro esta autoridad a otra y así hasta el fin de la burocracia, pero por fin el profesor contestó, muy cortante e intimidante, pero accedió a darnos clases.
Y solo me tomo unos meses.

Reflexión del espacio-tiempo actual

Hace poco leí un artículo que decía que para ser clase media en México debías ganar cerca de $16,000. Me sorprendí porque siempre creí que mi familia era clase media y resulta que los privilegios que creía tener al final no son tan exclusivos, que quizá varios en mi país creen tener privilegios de clase media cuando casi nadie los tiene y que ahora estamos pasando por lo mismo. Fue peor que cuando me dijeron que los reyes magos no existían, porque ahora sabía quiénes pagaban las cuentas de los reyes y que no estábamos para pagarlas. Al final solo existe los que se saben clase baja y los idiotas que nos creíamos clase media, creo que el que me dejaran en un Chevy en la escuela de paga debería haber sido una pista.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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