Por Lucia Ortíz Marín
Las hormigas se abrieron paso a través de la pared. Ayer llovió toda la tarde, y para cuando te diste cuenta, una hilera interminable se deslizaba por un minúsculo agujero y caminaba a lo largo y ancho de la habitación. Tu pareja te gritó, furiosa porque su cama estaba infestada. Tu permaneciste en silencio.
El encierro no beneficia al amor. Pasas tanto tiempo con una persona, que sus virtudes se convierten en defectos, el sonido de su voz te martillea la cabeza y su silencio te recuerda al abismo del futuro. No puedes escapar de ti mismo; no puedes pedir a las voces que guarden silencio, porque ríen y gritan más fuerte. Antes las ignorabas, fingías que todo estaba bien cuando salías y pretendías que nada te importa, que el presente es eterno, que nada puede hacerte daño. Ahora, encuentras que la quietud te asfixia, que tu vida no tiene sentido una vez que te sientas, miras al frente, y lo único que encuentras es vacío. Lo peor de tu prisión es que, cuando tengas la oportunidad de salir de nuevo, las voces seguirán ahí, acalladas de vez en cuando por el sonido de otras voces, por la visión de colores y olores abrumadores. Pero hoy solo existe este momento. Este es un punto de quiebre; nada volverá a ser lo mismo porque las hormigas han atravesado la pared de concreto.
Las ahogarás con insecticida, pero eso no impedirá que salgan por el agujero que escarbaron con el mayor cuidado. Muchas agonizarán frente a ti, pero sus hermanas seguirán mordiendo la pared de forma implacable. Incluso cuando halles cemento y logres tapiarla, las hormigas buscarán otro trozo húmedo, inestable, de los muchos que se caen a pedazos en tu hogar. No se irán hasta que fumigues cada espacio. Pero no puedes hacerlo ahora, nadie puede salir de este lugar, estás condenado a que atraviesen la pared de nuevo y se suban a tu cama, recorran tu cuerpo con sus patas ágiles y finalmente te muerdan los labios.
Al mirarte la herida en el espejo, hallarás a una persona que no reconoces, demacrado, más delgado que de costumbre, que te repetirá palabras que antes no te daban miedo, pero que ahora te aterran. Observarás la ropa que usas cada día, desde que te levantas hasta que te vas a acostar. A simple vista luce igual que siempre, pero sabes que, si alguien te olfateara, se desmayaría por el tufo a sudor y lágrimas que desprendes. Mirarás al desconocido que duerme a tu lado. Un odio profundo surgirá de tus entrañas. Detestas su rostro fresco, su respiración tranquila. Las hormigas no se han subido a su cuerpo. Deseas que se metan a sus ojos y le dejen ciego. Odias su olor a limpio, a entereza y esperanza. Odias ser el único que no encaja en el silencio y la quietud.
Sales de la habitación, asustado por la intensidad de tus sentimientos y te diriges a la ventana de la cocina. Fuera, ha dejado de llover. Los labios hinchados te palpitan, y te das cuenta que las hormigas no te mordieron; fueron tus dientes los que se hincaron en tu carne hasta hacerla sangrar. Tu pareja riega la cactácea de la ventana cada mañana. Le has repetido hasta el cansancio que eso la matará, que está hecha para soportar temperaturas altísimas, y que el exceso de agua la pudrirá. Pero no te escucha, nunca te escucha. Incluso hay un charco debajo de la maceta. De un manotazo, tiras la planta al suelo. Las espinas se clavan en las palmas de tus manos, pero no te importa. Haces que el corte se profundice aún más al apoyar la palma contra la ventana. Pequeñas gotas de sangre se escurren como lágrimas y dejan un rastro oscuro. Tus ojos están secos. Pronto será de mañana, y tú sigues encerrado. Y las hormigas no dejan de escarbar.
