Por Cuquis Sandoval
Hay momentos que la luz se extingue ante el fulgor de la oscuridad; el conocimiento de las cosas se pierde en el ramaje de la incomprensión y no penetra un ray a la razón. Se ensombrece el pensamiento y caen gotas de pesadumbre en el corazón.
El equilibrio permite el balance de pensamientos y emociones, se encuentra tambaleante e incierto; hábitos y rutinas cual preámbulo a la fijación de conductas han sido modificados; la relación con la otredad es una amenaza; la fragilidad entre salud y enfermedad pende de un hilo; el miedo a la muerte es más intenso que nunca; me reconozco vulnerable; con miedo de perder a mis seres queridos o extraviarme en las brumas del olvido.
Las noches son el preludio de insomnio y pesadillas.
Los días tienen un flujo diferente, estático, con una dimensión de pesadumbre y expectación. Las celebraciones familiares y culturales se rigen por la frialdad de las cámaras; las interacciones se posesionan de la imagen, la palabra, pero falta el calor y la emoción de la cercanía.
La profusión del canto de los pájaros llega nítida a mi conciencia; mis sentidos se han enaltecido, mi espíritu se encuentra expectante, despierto, para gozar el instante y aprisionar el momento vivido.
El aire circundante se convierte en cómplice del ayer, trayendo el baúl de los recuerdos, las sombras de los muertos, las risas, y socialización con los míos; hay un río cubierto de lágrimas que baña a los muertos y a los vivos.
