Por Giovanna Enriquez
I
Si la resistencia puede pronunciarse
es gracias a las ventanas atravesadas de incertidumbre.
Si los cielos pueden permanecer al borde de las casas
es porque los marcos de las ventanas deciden contenerlo todo.
El mundo se queda, entonces,
esperando a que alguien le abra la puerta.
Al tiempo que afuera se deshabitan las calles,
en las esquinas de las habitaciones se reproducen las lenguas,
y mientras las ciudades se arrinconan en fotografías,
los pasillos de las casas se recorren postergando los paisajes.
Se nos atrofian en la boca palabras como
avenida, viaje, apretón de manos, comunidad,
metro, esquina, abrazo, abarrotería,
cuando estamos por decir: amanecer de escaleras
que llevan a los mismos cuartos de siempre,
donde guardan silencio estas nuevas cercanías.
II
Las líneas de luz convergen y delinean el tiempo
mientras el mundo se desteje por las mañanas.
Detrás de las paredes se escuchan los espacios recorriéndose entre sí.
El ruido de las historias pequeñas ocurre;
el diluvio universal se escucha en nuestras regaderas,
y el primer día se vuelve el último al cerrar las cortinas.
El miércoles es viernes, los otros soy yo,
y en la esquina cae una ciruela al suelo,
los árboles enraízan las ciudades,
las tuberías se quedan embarazadas de sombra
y el ruido de agua de río aturde las avenidas.
Resistir siempre ha sido una casa con forma de ciudad,
un espejo con geografía mutante,
un crecer de frutos en las manos ajenas,
una forma de decir que metro y medio de distancia
es mucho más que noventa centímetros de lejanía.
III
Al mediodía el espectáculo de la intimidad se vuelve
el escenario perfecto para entrar desnudos en el mundo.
Los teléfonos timbran, los televisores enfurecen,
las radios nos cuentan que en las fronteras
cada vez cuesta más hablarse de tú.
Los techos de las casas sostienen los vocabularios
que nos faltan, los que no conocemos,
y los que no sabemos pronunciar,
y si abrimos las ventanas, se nos cuelan nuevas formas de decir
que nunca nos será suficiente una casa donde se contiene todo.
IV
Arriba, el sol se cubre los ojos.
Los cristales vuelven público lo privado:
una lámpara es la punta de un árbol,
y la casa de enfrente puede ser nuestra madre o una caracola.
Se confunden las voces en las azoteas,
y las paredes van aprendiéndose nuestra repetición.
El reflejo lleva el mundo en sus intersticios,
las baldosas recién trapeadas se vuelven mares,
los picaportes tienen poca memoria de nuestras manos
y la casa no vuelve a ser sólo nuestra.
El atardecer no deja de amoratarse más allá del tragaluz.
V
Si la resistencia ha mudado de nombre,
entonces tendremos que reaprender a nombrarlo todo,
convertir la casa en un abecedario.
Si la noche se repliega igual en todas las camas,
valdrá la pena asirse al único espacio que nos queda
y dejar la puerta entreabierta antes de cerrar los ojos.
Al final,
siempre amanece mañana,
al mediodía
entrando la tarde noche.
