por Ana Gabriela Morales
6:00hrs. La alarma del celular rompe el silencio de la oscura habitación. Con los ojos aún cerrados, Antonio elimina el invasivo sonido y extiende los brazos en un intento por abandonar la idea recurrente de cinco minutos más en la cama. Su cuerpo reacciona mecánicamente mientras el agua tibia de la regadera le devuelve poco a poco la conciencia.
Mira el reloj. Como granos de arena, los segundos sepultan rápidamente el momento que tenía para desayunar. Perdió valioso tiempo en ver qué ropa usar para la entrevista de trabajo. Lo recomendable en estos casos (leyó en una revista…), sería no elegir algo demasiado provocador, no enseñar mucho y fabricar una imagen atractiva pero seria y profesional. Antonio elige un traje sastre negro “muy favorecedor que oculta el par de kilitos de más y le da un aspecto elegante y sobrio” (…revista especializada en lo que los hombres necesitan).
Como es costumbre el metro está saturado y empieza a sentir la incomodidad cotidiana, las miradas de algunas mujeres que sin disimulo se posan sobre su cuerpo, un par de sonrisitas de esas que le fastidian, en fin… se apresura al área destinada para hombres, aunque ya sabe que, si no hay policías que les indiquen lo contrario, algunas se pasan las restricciones por el arco del triunfo y con actitud desafiante ingresan a los tres primeros vagones. Antonio se encoge en una esquina, le urge llegar. Apenas han pasado veinte minutos desde que salió de casa y ya quiere estar de nuevo ahí, resguardado en la seguridad de su espacio. ¿Por qué ellas creen que es un “privilegio” estar confinados en sólo tres vagones para reducir la probabilidad de ser acosados?
13:00hrs. La entrevista no ha sido muy buena. Tuvo que esperar su turno casi dos horas y la persona que entró antes que él le comentó que al parecer preferían una mujer para el puesto, ya que los hombres tienen fama de descuidar su trabajo por los hijos o la familia. Él respiró aliviado, aún no tiene hijos y podría omitir el hecho de que le toca ir a cuidar a su madre enferma cuatro o cinco días por semana. Mostró su currículum, la jefa de Capital Humano se sorprendió de su experiencia al entrevistarlo, pero escupió aquel fétido comentario —¿Tan guapo y tan inteligente? ¡Es raro encontrar un hombre con ambas cualidades! Tal vez podamos cenar juntos para tratar tus con-di-cio-nes de trabajo. Antonio se sintió apenado, molesto y se preguntó si la elección de su ropa fue inadecuada.
Decide dejar de especular y se apresura en el mercado. Su madre lo espera, tiene que preparar la comida para los dos días siguientes. Suficiente tiene su hermano Manuel que se ha quedado solo con sus dos hijos, como para también hacerse cargo de las necesidades de su madre. La esposa los abandonó, una noche salió por cigarros como dicen por ahí y no regresó. De vez en cuando habla por teléfono para amedrentar a Manuel, lo tilda de facilón y lo asusta diciéndole que si llega a verlo con otra lo mata, a él y a los niños. La ha denunciado un par de veces, pero en la delegación lo primero que le preguntan es qué hace él para causar el enojo de su esposa, así que ha dejado de ser una opción. Manuel ha sido educado para ser lo que todos describen como un buen padre (como es de esperarse en todo hombre), ese que cuida, mantiene, educa, protege y sacrifica todo por sus hijos, hasta la vida si es necesario.
21:00hrs. Antonio tiene que salir casi corriendo de la casa de su madre, se le ha ido el santo al cielo platicando con su hermano. Se va satisfecho, dejó todo muy limpiecito, hizo la comida y ayudó un poco a sus sobrinos con la tarea. La familia siempre le ha dicho que él está para ayudar y cuidar a los parientes que lo necesiten, al fin y al cabo él ni se ha casado ni tiene hijos… bueno, ni tuvo hijos, porque pasa de los treinta y cinco años y como que ya no tiene edad para andar pensando en ser papá, además de lo que las lenguas más recalcitrantes que ni siquiera le conocen murmuran en su presencia y a sus espaldas: —¡mmhh!… Quedado, sin hijos, ni es un hombre de su casa, ¡qué vida tan desperdiciada! ¿dónde dejó su instinto paterno? Seguramente por andar de golfo blah, no se da a respetar blah blah, ¡si yo lo he visto! cambia de pareja como de calzones el muy blah blah blah…
Los pensamientos de Antonio se ven interrumpidos por el eco de unos pasos que por la calle solitaria se le aproximan. Voltea hacia atrás… nadie. Camina más deprisa. Siente el miedo en el pecho, la boca seca, los latidos en las sienes y las gotas de sudor en la frente que delatan su angustia. Por estar divagando no estuvo atento al camino, ¿y si una mujer lo siguió desde el metro y le quiere hacer daño? Violados, asesinados, desaparecidos… tantos casos diarios y Antonio sólo cuenta con las llaves de su casa para defenderse. Una pequeña cuadra más… ¡Por favor!… media cuadra… con temblorosas manos busca la resbaladiza llave y abre la puerta. Cierra tras de sí con alivio, ha llegado —¡Tonto dramático, bien dicen que siempre exageramos! — piensa, buscando tranquilizarse —ya deberías estar acostumbrado.
6:00hrs. Suena la alarma. Abre los ojos algo confundida y sonríe… —¡Sueño loco! ¡Loca Antonia! — se dice aún adormilada. Recuerda la hora y se levanta rápidamente de la cama. Manuela, su hermana, le ha mandado ya un mensaje al celular: la espera antes de la hora de comer en casa de mamá. El sueño de Antonia se diluye bajo el agua de la regadera como lo hace la necesidad latente de que un otro se coloque en sus zapatos, de cuestionar su papel adoptado, heredado… ¡qué va! no tiene tiempo, debe salir a ganarse la vida… su reflejo en el espejo le confirma una vez más que es ella, Antonia, la que debe llegar a una entrevista de trabajo sin demora.
23:00hrs. La estridente sirena anuncia la llegada de la ambulancia, Antonia yace en el húmedo callejón donde las bolsas de basura se amontonan. El traje negro hecho girones apenas cubre su maltrecho cuerpo. Un conocido, vecino del lugar, llamó a la policía y mientras lo interrogan comenta lacerante: —¿a qué mujer se le ocurre andar sola en la calle a estas horas? No debió exponerse… ahora ¿quién va a cuidar a su madre?
Ana Gabriela Morales Ríos
Originaria de Chihuahua, Chih., actualmente reside en la Cd. de México. Psicóloga. Ha trabajado en grupos enfocados al tratamiento de adicciones y codependencia, principalmente con mujeres familiares de pacientes adictos. Escribe para compartir aquello que considera necesario que no permanezca oculto, algunos de sus escritos se han publicado en revistas digitales e impresas y participó con un cuento en el libro ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, editado por la UAM.
