por Fernanda Ragazzo
Las notas retumban en mis oídos, mi corazón galopa a su ritmo. Me toma, me sostiene firmemente; sabe que, en cuanto me suelte, me desvaneceré. Caeré por siempre, el inframundo es tan solo otro más; me hundiré en mis entrañas, y éstas se derretirán a través de la tierra, del aire, de todo; hasta que todo deje de existir. Se derretirán a través de la nada.
Sólo él ha estado conmigo cuando más lo necesito, y desde que lo necesité. Cuando en la noche sólo brillaba el reflejo de la luna en el agua salada de mi rostro, cuando la arena acariciaba entre el viento mi piel y el estruendo de las olas y la marea espumosa parecían mudos y dóciles ante la tempestad de mi alma.
La melodía ensordece mientras nuestros pasos se intensifican. El espejo retrata nuestra alianza, la cadencia y el compás dignos de dos almas gemelas al jugar con el viento que nos separa.
Me mira y en sus agudas pupilas reconozco las punzadas de un amanecer vacío, seco, frío; a la vez, tan húmedo, cálido pero carente de calor, sin sol ni arreboles, ni atardeceres ni voz; tan nuboso, tangible, acendradamente blanco. Percibo su esencia: sal, agua, sangre, nada. No puedo respirar. Mis manos recorren su pecho para llegar a su rostro; las suyas recorren mi espalda, sujetan mi cuello.
El piano se ha vuelto tan fragoroso que no da lugar a otro sonido en la habitación, los dorados marcos dan vueltas hasta deformarse; el espejo apenas nos regresa la mirada. Su rostro, gélido, liso como porcelana, inconmovible, firme como la plata de mis cuchillas impregnadas; su piel que penetra como fuego glacial, quema con hielo cada nervio, deja la sangre arder. Abraza y asfixia; acaricia y desgarra; besa con estacas; canta y aprisiona. Hemos pasado por tanto. Jamás lo he visto, mas lo conozco tan bien; él a mí aun mejor.
Mi pecho se agrieta tras cada golpe, nuestros pies no descansan. Las nubes nos sostienen y los faroles nos guarecen. Un giro tras otro, y otros más. Creamos un pequeño vórtice que acaricia y emana discretos gemidos de simpatía, la risa disimulada de dos amantes; todo alrededor parece desaparecer. Lanzo una sonrisa al espejo, que no responde con el mismo gesto. Inevitablemente, todo sigue girando. Mi vestido está manchado y un hilo rolo pende de mis muñecas. Gira. Una daga yace con mis iniciales en la alfombra. Sigue girando. Veo mi rostro en el espejo y mi cuerpo danzar. Nadie me sostiene.
Siguen las estrellas fijas a través del ventanal, las que iluminan con su rosa radiante; y las perlas que yacen en lo profundo del mar, iridiscentes, regresando el aliento cuando el agua salada llena los pulmones. Con ellas regreso al partir mi par, el que regresa siempre que la tormenta se avecina.
¿Escuchas? No estoy desvaneciéndome.
María Fernanda Ocharán Ragazzo
Nativa de Coatzacoalcos, Veracruz. Estudiante de Letras Alemanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Reconocida por obtener el campeonato a nivel regional y estatal en los años 2017 y 2018 en los eventos de competición en el área de Taller de Lectura y Redacción realizados por el Cobaev, así como colaboración como asesora de la misma área en años posteriores.
