Promesa guardada

por Fernanda Xochiquetzal.

Hacía tanto tiempo que sabía que la rendija por donde miraba no era lo suficientemente pequeña para ocultarme, sin embargo, prefería fingir que lo era, que él desconocía mi paradero y no podría encontrarme, aunque me hubiese escondido aquí cada vez que huía. 

Esperaba con ansias, con la ansiedad característica de un anhelo imposible; soñaba con su aparición como si me corrompiera un deseo enfermizo por terminar mi agonía y espera violenta. Pensaba en las posibles formas en que me arrastraría a nuestra casa, me preguntaba de qué forma reclamaría su legítimo derecho, aquél que le había otorgado una bendición y mis promesas vacías. 

Había jurado en vano, todas las mujeres casaderas lo hacíamos. Prometíamos amar a un hombre y otorgarle un respeto que no se había ganado, era cotidiano por supuesto hacerlo en nombre de Dios como si él avalara nuestra mentira. Hasta que la muerte nos separase de nuestros desconocidos esposos estábamos destinadas a amar, respetar y adorar a un hombre que también había mentido en el altar. Sí, pecábamos, mentíamos, odiábamos. 

Y en el pecado mismo nos nombraban. Elena Montero era un nombre vacío e insignificante que debía completarse en el altar, una metamorfosis necesaria, doliente y obligatoria. “Elena Montero de Márquez” me convertía en una mujer completa, automáticamente respetada y profundamente infeliz. Era de él. 

Su nombre era el emblema de mi desgracia, deseaba desasirme de su presencia, de su existencia como una sombra, como un yugo que me recordaba su crueldad y su brutalidad. Un odio mortal me carcomía el alma, pertenecerle eternamente me condenaba a la desesperación de no poder huir de él.

Escuché el carruaje acercarse, escuché los caballos que galopaban lentamente hacia mi hogar. Recordaba sus palabras: “No volverás a burlarte de mí ¿me has entendido? Eres mía, mi esposa ante Dios hasta que la muerte nos separe” dijo con dificultad mientras tocaba su pelo blanco con la mano izquierda. 

Supe entonces que ya había ganado incluso antes de tenerme enfrente, antes de poder llevarme con él de regreso. 

Presté atención al carruaje que se detuvo frente a mi casa, mi verdadera casa. Bajó de él y presumió una sonrisa siniestra al verme esperarlo, al haberme encontrado. 

Pensé nuevamente en el juramento que había pronunciado en el altar, en las promesas vacías que Dios había avalado, en las promesas que no había podido cumplir y que se convirtieron en una tortura constante… Pensé que después de todo aquello, sólo quedaba cumplir una de ellas.

—Señora —interrumpió Rosario, la sirvienta—, acaba de llegar un mozo de la casa de su marido para informarle que el señor…

—Lo sé, Rosario —dije. 

Bajé la mirada, me concentré en los guantes de encaje blanco enrojecidos y el abrecartas que yacía a mis pies. Sonreí y regresé la mirada al carruaje.

No había jurado en vano.




Fernanda Abigail Sánchez Callejo

Oriunda del estado de México, desde muy pequeña ha tenido un gran interés en la literatura. Actualmente estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa, donde ha podido generar nuevos intereses alrededor de la literatura femenina y la novela histórica.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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