por Aislin Gutiérrez
Para llegar aquí no existe transporte público ni colectivo, solo comunitario, cuando bajan a hacer sus mandados puedes subir con ellos atrás de una camioneta cargada de despensa y arena adquirida en la terracería que llaman carretera.
Una vez que llegas te das cuenta de la dimensión del problema, no hay alumbrado público, una sola escuela para todas las edades y un cascarón para aparentar que hay médico que cubre sus necesidades.
Pasa un río que cada vez se seca más pero en la creciente se lleva hasta las gallinas y no sabes dónde van a parar, aunque el agua está ya contaminada por la minera que allá arriba está siendo explotada.
Las casas están separadas unas de otras, solo hay una tienda y ruega al cielo que tenga lo que necesites, aunque los terrenos están siendo utilizados, ya sea para sembrar o medio pastar al ganado.
Dentro de cada mujer, hombre, niña, niño, hay un conocimiento arraigado de siglos, son muy observadores y escuchan con atención el aire, la tierra, y todo lo que pasa a su alrededor, tienen una conexión con sus cosechas y se nota que todo lo que hacen es con amor, cansadas, pues no hay tiempo para acostarse, siempre hay algo qué hacer, pero saben que en ese quehacer va el sudor y la comida que llevarán a la mesa para autosostener a una familia numerosa, todos los días hasta que el sol se ponga.
Lo que no puede faltar es una capillita, su Iglesia para adorar a sus creencias, que casi no está abierta solo en asambleas o cuando el sacerdote desea venir para asistir una misa en cualquier ocasión o con motivo de una celebración.
Cuando llega el padrecito como le dicen, sale toda la comunidad a recibirlo, él no viaja en la parte de atrás de una camioneta, él viaja en su auto recién lustrado que compró con su despensa.
Se sienta con su pose de altanero y saluda a cada persona de mano, muy risueño, se pone a hablar de problemas agrarios y comunales ¿Qué relación tiene la tierra y el reino de Dios? Pero todas y todos escuchan con atención.
La misa comienza cuando el último llega, en la segunda lectura mencionan que la vida castiga con problemas, las lágrimas de las señoras comienzan a aparecer, es más que obvio, el sacerdote no sabe lo que no es tener cuando quieres comer, cuando en el desayuno solo hay café y frijoles, salir al campo a trabajar y no solo van los señores, no hay sexo ni edad, aquí es parejo cuando se trata de andar, ir al terreno, coger el heno, darle pastura a los animales, llevarlos al río, cortar parales de sol a sol, con carreta o caminando, no importa el día ni el calor.
Los niños usan su imaginación para jugar viendo motos, carros donde solo hay basura, pensar en comprar un juguete es una locura.
Le piden a Dios que alivie sus males, sus rodillas cansadas, sus manos agotadas, que salga la siembra pa’ poder venderla y sacar un poquito, y así, el ciclo comienza.
Si en verdad existe ese Dios debe tener tratos con el mismísimo Diablo, estará emparejado con los del máximo mando que deberían brindarle a mi agente una mínima ayuda, no con sus becas, sus transnacionales que solo anulan cualquier indicio de autonomía exterminando la misma vida.
Al final de la misa se menciona sobre el respeto a la mujer, todos parecen comprender pero los hombres relegan el papel de la cocina, la crianza de las hijas y los hijos a las señoras amas de casa, como así les llaman.
Es un problema muy fuerte, ya no las golpean pero sus comentarios y acciones todavía las hieren, se sientan en la mesa como si fueran reyes, esperando a que les sirvan y levanten sus platos, que laven, preparen, no hay gracias y si las hay pues es a Dios, porque el provee, y dentro de todo esto me preguntó ¿Para qué sirve la Iglesia y sus sermones en conjunto?
Y entre éstos y muchos problemas más, desde lo personal hasta lo comunitario, aquí seguimos trabajando, o al menos intentando, creando proyectos que se ajusten a nuestras necesidades, sé que es difícil, pero tocamos puertas, abrimos brechas y venga lo que venga, al final vamos y lo enfrentamos con digna rabia, con amor a nuestra tierra.
Sé que quedaron muchas cosas sin mencionar, problemas que aún existen, existenciales en esta realidad, solo les planteo lo que veo por donde camino, por esos senderos que hacemos entre pueblos y cerros, en esta vida que fluye como el agua, por eso seguimos sin estancarnos, aunque el lodo nos cubra el lomo, nuestro andar es pausado, pero, esto, es lo que somos.
Aislin Gutiérrez
Agrónoma, tallerista, gestora cultural, gestora de proyectos comunitarios, fundadora del Colectivo Cultural “Jalapa está en el mapa”. Pertenece a la Colectiva Mokaya y la Asamblea Oaxaqueña de la Diversidad Sexual. Mujer comprometida con el trabajo de base comunitaria, la lucha por la visibilización de problemáticas en pueblos originarios, así como la reivindicación de las mujeres desde sus realidades y contextos. Resignifica, resiste y toma resiliencia día a día. Realiza su trabajo con enfoque de educación popular, a través de talleres y conversatorios a mujeres, niñas y niños. Además escribe poesía con la cual colabora con la revista Vertientes, en el blog Expresando Feminismo y Radio Altepee. Participó en el Primer Encuentro Nacional de Cultura Comunitaria de la Ciudad de México, titulado “LEVADURA” en julio de 2019.

