Pesadilla inconclusa

por Janett Peláez

Su regreso causó conmoción. Quería que el rumor le llegara a su abuelo antes de recorrer el kilómetro y medio desde la parada a su casa, se tomó su tiempo, sintió cada paso del camino, que a pesar de los años jamás podría olvidar. El calor era tan intenso que el sudor empezaba a formar sombras en su blusa, sus movimientos daban la impresión de rigidez y se notaba en cada uno su incomodidad. Se detuvo en una tiendita para comprar algo de beber, intentó suavizar su expresión con una sonrisa rápida a la señorita tras el mostrador, era probablemente más joven que ella, llevaba un bebé cargando apoyado sobre sus caderas que lloraba con amargura, cubierto de sudor y con las manos sucias. Lo dejó sin precaución sobre el mostrador para ir a buscar cambio, y fue inevitable para ella tocar su mejilla regordeta, el niño la observó con atención interrumpiendo de forma abrupta su llanto y ella le hizo cosquillas en el pie, la risita resonó en toda la tienda, y la hizo sonreír con mayor soltura, sus ojos se iluminaron. La señorita regresó.

−Aquí está –cargó al niño y este la pescó de los aretes tironeando con fuerza−. ¿Eres nueva aquí? Creo te conozco, pero no sé de dónde.

La pregunta la hizo regresar a su postura, respondió tajante que no y se apresuró a salir sin darle oportunidad de decir algo más. El resto del camino se le fue en el intento de no morir abrasada por el sol. No quería pensar demasiado, se dio cuenta de que había llegado cuando la puerta de hierro forjado estaba frente a ella. No tocó la campana, entró antes de que las dudas la asaltaran. La casa seguía igual, con un montón de macetas desperdigadas sin orden alrededor de ella, sintió de inmediato la mirada pesada de su abuela desde la ventana de la cocina, pero no esperaba una bienvenida. 

La puerta daba directo a la sala de estar, al abrirla se encontró con su abuelo sentado frente a la televisión encendida, la tensión de su mandíbula delataba que el único pensamiento de su abuelo estaba centrado en esperar su llegada. Ella tomó con exagerada rigidez su bolso y tragó saliva, jamás estuvo segura de cómo iba a sentirse. Apretó los dientes mientras se dirigía con paso firme hacia él.

−Hola, Matías −estaba más ronca de lo que esperaba, así que se aclaró la garganta.

−Soy tu abuelo, Melissa, esas no son formas de hablarme. 

Cada palabra parecía herirle la garganta, su voz estaba dañada por tantos años de fumador y su respiración conectada a un tanque de oxígeno.

−¿Tan pronto y ya quieres hablar de lo que es correcto o no? 

Con una sonrisa burlona en los labios, tomó el control remoto de la televisión y la apagó. La voz de su abuela a sus espaldas la hizo dar un brinco, seguía intacta, tan fuerte y dura como siempre había sido.

−¿Qué quieres aquí? −dijo con brusquedad.

−¿No puede una nieta visitar a sus abuelitos?

Caminó por la estancia jugueteando nerviosa con el anillo en su dedo, mientras los tres permanecían en silencio, había preparado todo un discurso para este momento, pero al pasar por la puerta todo se le había olvidado.

−Muy a tu pesar, Matías, soy una mujer exitosa, incluso me casé y si mis asuntos aquí se resuelven –pasó, en un gesto inconsciente, los dedos de su mano sobre su vientre, con la mirada perdida−, me gustaría ser madre en poco tiempo.  

Él movía nervioso los dedos sobre su regazo e intentaba con algo de dificultad seguirla con la mirada, mientras su abuela permanecía rígida con el mandil entre las manos, observándola.

−Pero, a pesar de eso, tu recuerdo aún me despierta gritando cada noche y me obliga a regresar a tu miserable y polvoriento pueblo a verte, abuelito.

La sonrisa, más parecida a una mueca, se le había grabado en el rostro, sentía sus latidos acelerarse, la adrenalina de la espera le circulaba por todo el cuerpo y a cada palabra se sentía más confiada.

−Yo no tengo nada que hablar contigo, Melissa –intercambió miradas con su esposa y supo que eso era la señal de ir por la escopeta, pero su reacción fue más rápida.

−¿A dónde vas Dolores? –el peso del arma, que en un solo movimiento había sacado de su bolso, la hacía sentir más fuerte−. ¿Por qué no tomas tu lugar a lado del viejo?

Su abuela la pulverizó con la mirada, mientras obedecía la orden, estaba furiosa, conocía bien esa mirada de una infancia recibiendo golpes con cables, ramas de ciruelo, la piedra del molcajete o cualquier objeto a su alcance. Tener los papeles invertidos la motivó a continuar.

−Esta es la cosa −el parpado derecho le temblaba ligeramente−. Ya no soy una niña, no me voy a ir de este asqueroso lugar hasta que me den una explicación, ¿quién sabe?, a lo mejor hasta se me antoja perdonarlos.  

−¿Y tú quién te crees para otorgar perdón, puta?  

La señora escupió en el piso a los pies de Melissa y ella sonrió como quien sólo espera un pretexto para actuar.

−Tienes razón Dolores, ¿qué te parece si averiguamos si Dios te perdona? 

Su abuela, perpleja, abrió los ojos al verla acercarse, y en un instante recibió de lleno, en el costado de la cabeza, el golpe de la cacha de la pistola. Un hilo de sangre le escurrió hacía la oreja y perdió el conocimiento, parecía estar muerta; se quedó un momento regodeándose con la escena e ignorando los insultos de su abuelo, que con mucho esfuerzo se había girado para acunar entre sus brazos el rostro de su esposa.

−Estoy esperando, Matías –dirigió su arma hacia él y se humedeció los labios.

−¿Qué quieres que te diga, Melissa? Tus padres murieron, el dinero faltaba y yo… –le temblaba el labio inferior y la cánula de oxígeno se había salido de su nariz.

−¿Se murieron? ¿No querrás decir “los mataron”? –Sacudió la cabeza en un intento de ordenar sus ideas–. Eso no importa ahora, no ganaste dinero, lo perdiste, dinero que ni siquiera era tuyo, y ¿cómo lo solucionaste?

−Me disculpo si quieres –se acercó la cánula e inhaló profundamente, las venas en sus ojos estaban rojas e inflamadas, las manos le temblaban.

−¿Te disculpas? ¿Por qué? ¿Por haber pagado conmigo tus deudas, o porque haya sobrevivido? −Sus mejillas enrojecieron por la furia y los ojos se le llenaron de lágrimas–. ¡Tenía 11 años, maldito cerdo! y tú me usaste como cualquier mercancía.

−No tenía otra opción, además –hablaba con dificultad entre lloriqueos e inhalaba con desesperación–, después todo te salió bien

−¿Bien? –Con una mano desconectó de un tirón el tanque de oxígeno sin dejar de apuntarle con el arma, la cabeza empezaba a dolerle− ¡Pasé 3 años de mi vida en un agujero, rogando a Dios cada día que me dejara morir! Jamás logré sacar de mi mente lo que me hicieron, lo que tú, mi abuelo, me hizo para salvar su pellejo.

Las lágrimas le escurrían por las mejillas y su abuelo gimoteaba. Ella se acercó más a él, hasta casi tocarle la frente con la pistola, que apretaba con tanta fuerza que los nudillos se le marcaban blancos y las venas se le saltaban.

−Cálmate, Melissa, lo s… 

Volteó hacia su nieta y titubeo al ver el arma tan cerca y la decisión en su mirada. Aspiraba por la boca con desesperación, deslizándose con lentitud hacía el piso, el dolor del esfuerzo le desencajo aún más el rostro, intentaba alcanzar la cánula que yacía junto a sus pies.

−¡Cállate! Sólo quiero saber ¿por qué?, ¿qué estabas pensando?, ¿cómo puede alguien hacerle algo así a una niña? 

Las manos le temblaban cada vez más, mantenía la mirada fija en su abuelo que empezaba a tener los dedos morados y tosía sin control.

−Yo… no estaba bien… no quería morir… no quiero morir. Además, todo esto fue idea de tu abuela, no mía, yo jamás… 

Melissa sentía sus latidos en los oídos, los labios entreabiertos, miraba el lastimero intento de supervivencia de su abuelo, eran solo sobras del recuerdo que tenía de él, poco quedaba del monstruo que la atormentó, sólo era un egoísta y un cobarde. La cabeza le daba vueltas, sin decir más, se giró e intentó correr, pero el mareo la detuvo, quería alejarse de ahí, extendió una mano para tantear los muebles y las paredes en su búsqueda desesperada por la salida.  Con la otra se aferró a la pistola, como si la estabilidad en sus pisadas dependiera de ella.




Janett Peláez Romero

Mi nombre es Janett Peláez Romero, nací en la Ciudad de México y a los 5 años me mudé a un pequeño pueblo al sur del estado de Puebla llamado Tehuitzingo, donde el calor es muy intenso la mayor parte del año y no hay absolutamente nada que ver, pero los niños crecen felices. Volví a la ciudad a los 14 años para estudiar en la UNAM y descubrir que no era nada fácil vivir lejos de mis padres. Terminé la licenciatura en la Facultad de Odontología y cualquier fracción de tiempo que no ocupe mi vida laboral la dedico a escribir.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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