por Margarita Dager-Uscocovich
La noche era perfecta, corría una ligera brisa y Anastasia estaba colocando el pequeño sombrero de brujo a Mortimer. Yo la dirigía hacia las calabazas talladas con imágenes sonrientes para tomarles la foto del recuerdo, la que en los últimos tres los años desde que Mortimer llegó a casa solían tomarse juntos. Anastasia seguía hablando y acicalando a su compañero de travesuras. Mortimer era hermoso, su pelaje brillante y oscuro conjuntamente con aquellos ojos amarillos que parecían abarcar de una mirada todo lo que lo rodeaba me provocaba curiosidad casi obscena. Su mirada hablaba y sus gestos se asemejaban a los de un humano. Tenía la costumbre de besarnos en la mañana, sus cariños no eran los típicos lamidos de un gato hacia su dueño, no, por el contrario, sus labios húmedos se pegaban a los nuestros y con su pata nos acariciaba los cabellos mientras se balanceaba sobre las mullidas almohadas. Él no bebía su leche del tazón en el piso, por el contrario, desde el día que arribó a casa impuso sus propias reglas. Subía a la silla, con su cuerpo alargado apoyaba las patas delanteras en el cuenco deleitándose con la leche tibia. Lo mismo ocurría a la hora de la cena, sus modales eran impecables para ser solo un felino. Cuando Anastasia leía o hacia sus tareas de matemáticas, las cuales le daban un poco más de problema, nuestra mascota gatuna la guiaba de una forma incomprensible para mí, empujando sus patas hasta las respuestas y jugando con los lapiceros y borradores de goma hasta lograr que mi hija encontrara la respuesta correcta. Empecé a pensar que yo estaba demente.
Con el transcurrir de los días fui observando sus movimientos y su forma tan celosa de resguardar el que ahora era su hogar. En las madrugadas se desvelaba encendiendo la luz de la sala de un salto contra la pared para luego ir acomodándose al lado del último libro que yo dejaba a medio leer.−Increíble, me decía−; no lo hemos entrenado para eso. Noté el detalle de la bombilla encendida con más frecuencia cuando al levantarme al baño el destello se reflejaba en la pared del foyer. A veces me quedaba parada observando cómo sus ojos seguían la lectura de los libros, como si en realidad pudiera leer, su cola se meneaba en signo de aprobación sobre las páginas, su rostro felino y sus orejas puntiagudas se dirigían hacia mí en señal de reproche por la interrupción. Sus ojos me recordaban tanto a los de Lucas, aquel esposo que había desaparecido en uno de las confrontaciones militares americanas en Karachi.
−Mortimer, ¿que haces aquí? −vamos, cariño, es hora de dormir.
Esa era la frase que empleaba para no alterarlo. En ocasiones su cambio de humor no era propio de una mascota y solía ausentarse desapareciendo dos o tres días, pero luego, lo encontraba hecho un ovillo en la entrada principal, hambriento, con algunos rasguños y restos de sangre que asumí era de animales.
Esa noche de Halloween les tomé la foto del recuerdo y los dos salieron en busca de caramelos mientras yo recibía a los pequeños del vecindario haciendo gala de mi sombrero de bruja con la famosa frase Trick or Treat. La noche transcurrió sin contratiempos, cenamos juntos los tres y cada uno llevó a cabo su rutina antes de dormir. El cepillado de dientes para Anastasia, el lavado de la loza para mí y el descanso hasta la madrugada para Mortimer, no sin antes despedirse con ese beso húmedo con olor a leche tibia, el olor dulce y fresco del lácteo entero que a él tanto le placía llevarse al estómago.
La rutina de ir al baño no me daba descanso, una madrugada al azar escuché un sonido poco habitual, era como un gruñido un tanto ligero, casi silencioso pero en el que existía dolor. Me asomé despacio por la escalera y la luz de la sala se reflejaba en la pared frente a mí, supe en ese momento que Mortimer estaría haciendo de las suyas con mis libros. Pensé hacia mis adentros que pude haber escuchado mal y volví a la habitación sin darme cuenta que algo se cocía a mi alrededor. En el día de los difuntos, antes de salir a misa, vi Anastasia correr detrás de Mortimer quien a su vez se escabullía entre las matas del patio, atravesándolas como alma que lleva el diablo con dirección al lago. Anastasia corrió y yo corrí detrás de ellos. El pelaje frondoso y atezado de nuestro gato se perdía entre el follaje verde del bosque y otra vez los gruñidos con tintes de dolor se hicieron presente, volviéndose espectrales y envolventes. Lo buscamos por horas. La tarde cedió ante la noche y luego, por primera vez, el gélido nocturno hizo mella en nosotros obligándonos a abandonar a nuestra mascota en lo sombrío del anochecer. En los días siguientes nos dedicamos a pegar volantes en los barrios continuos y en los refugios sin suerte de que apareciera. Sin embargo, una de las madrugadas escuché el aullido de un animal adolorido, no sonaba como el de los lobos en la noche de luna llena, sino más bien como un niño que se lamenta porque le han arrebatado un dulce. El lamento era continuo y cansón. La piel se me erizó, mi intuición me decía que era nuestro Mortimer, el palpitar de mi corazón me indicaba que no estaba perdido, sino que en ese sonido inarticulado, la pena o la rabia lo mantenían lejos. Por primera vez sentí miedo de la noche y corrí a meterme en mi cama. Pasaron muchos días, sin saber de Mortimer, la casa se tornó vacía y la rutina diaria, monótona. Los ojos grandes de mirada fija de nuestra mascota ya no se reflejaban en las mañanas con sus besos ni sus patas acariciándome el cabello. Un sabor a desilusión se había quedado en nosotras como cuando dieron por desaparecido a Lucas, mi esposo.
Otro suceso siniestro empezó a rondarnos. A fin de mes, mi vecino fue encontrado muerto frente al lago que rodeaba el vecindario: su cuerpo tenía rasguños profundos y estaba cubierto de pústulas y gusanos. El acontecimiento incrementó mi zozobra, ya que relacioné el fallecimiento con los lamentos de pena que se dejaron escuchar la noche antes del deceso, estos si eran gemidos salvajes, más bien aullidos de un animal feroz. Me asusté porque recordé que en la noche del último gemido en el bosque, las veladoras de mi habitación que ardían con su llama apaciguada se apagaron, un olor nauseabundo y penetrante a sangre invadió el ambiente y después todo se quedó en silencio pero la sensación de atraer con mis pensamientos a los muertos o a los fantasmas se apoderó de mí.
Al día siguiente de esto, sonó el timbre, pensé que era la policía que continuaba sus investigaciones, sin embargo a quien vi fue a Lucas, rasmillado, andrajoso y casi desnudo. Su cuerpo moreno brillaba y sus ojos amarillos seguían transmitiendo calma y felicidad aunque los signos de confusión eran palpables. Lo abracé, grité el nombre de Anastasia y ella bajó los escalones de dos en dos. En nuestros rostros se dibujó la alegría. No hubo tiempo para preguntas, Lucas, el amante esposo y padre desaparecido, estaba con nosotros. Mis ojos no daban crédito, pero la verdad era que lo había extrañado muchísimo por demasiado tiempo.
Cuando fuimos a dormir y Lucas miró la cama de refilón, yo supe lo que deseaba. Puso su cabeza en mi cuello, me olisqueó tratando de impregnar su olfato de mi loción de noche, su respiración tenía el sonido de un ronroneo agitado, mientras más cerca estaba yo, el sonido se volvía un gruñido sensual. Hizo el ademán de besarme y fue exactamente ahí, cuando su aliento me olió leche tibia. Inmediatamente la imagen de Mortimer me invistió. Lucas adivinó mis pensamientos, me miró y dijo: −Yo asesiné a tu vecino, lo quise matar desde el primer día porque supe de sus malas intenciones. Vendí mi alma para volver a ustedes, me quemé en la hoguera del infierno. Tenía que volver de alguna manera. Debo retornar como Mortimer mañana, mi paga por estar aquí, es tener que matar una vez a la semana─ Cuando pronunció esta frase, las velas que ardían en el dormitorio tranquilizando con sus olores a hierbas aromáticas la estancia, se apagaron, y el aroma a brisa marina, a tierra mojada y a fuego, indicaron que tendríamos los tres que sujetarnos a cambios radicales. Después de esto, un –Bienvenido a casa─ salió de mi boca y, la noche nos cubrió con luces mortecinas.
Margarita Dager-Uscocovich
(Guayaquil, Ecuador, 1967) Autora de la novela corta NO ES TIEMPO DE MORIR que ha sido acreedora en su primer año de vida a dos premios en Estados Unidos como mejor novela de ficción en español y mención honorífica por los ILBA 2019 como mejor novela de aventura y drama. Sus poemas, relatos cortos y micro relatos forman parte de antologías publicadas en España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos de América y Berlín, Alemania. La nostalgia hacia su cultura y el valor de sus tradiciones, se dibujan en varios de sus relatos cuyo eje principal es la mujer. Actualmente sus artículos de opinión se leen en el periódico La Nación
Ec. Escribe sugerencias, entrevistas y reseñas literarias en la columna mensual
de la Revista Latina Nc. Asimismo colabora con la revista La Nota Latina de la ciudad de Miami con sus artículos de viaje. Para esta escritora, el escribir en
español es un acto sagrado, sin embargo, en la actualidad ella considera que hacerlo es más bien un acto de valentía.

