por Yutsil Aguilar
Hundió una vez más la planta del pie en la arena y la humedad de ésta le entró como un calambre por toda la pierna, le gustaba sentir entre sus dedos los casi imperceptibles gránulos, la resistencia que presentaba el intentar hacerse paso entre ellos le provocaba una pequeña ansiedad excitante. Un viento helado la distrajo de su tarea y la hizo voltear, el cielo empezaba a perder esa oscura profundidad que lo hacía confundirse con el mar, era algo muy tenue pero a lo lejos ya empezaba a verse la línea divisora que los hacía distinguirse.
Tomó el pareo que había dejado en el camastro de al lado y lo acomodó en su espalda en un intento de protegerse del viento, como si la tela negra casi transparente no dejara atravesar el frío de noviembre. “Deben de ser casi las 5”, pensó mientras acomodaba su larga cabellera castaña y la dejaba caer sobre su espalda, sintió entonces el roce del pelo como un cosquilleo e intento cubrir lo más que pudo de su cuerpo cruzando sus manos en una especie de abrazo, mientras lo hacía iba sintiendo con incomodidad su piel bajo el traje de baño negro, abultada y sin firmeza. La sal en sus piernas le picaba cada vez más, hacía ya unas horas se había secado el agua del mar que había obtenido como resultado de su caminata nocturna y ahora se había convertido en una molestia, pero no se podía mover de ahí, no se atrevía a regresar a la habitación del hotel. La mirada se le perdía en el vaivén de las olas azotando con fuerza, veía el mar atenta como si quisiera robar algo de él, un poco de ese impulso de vida que posibilita el choque, para empezar de nuevo o decidirse a terminar con todo.
Fue en ese momento que los observó a lo lejos, como figuras desdibujadas moviéndose entre la arena, se podría decir más bien que los escuchó antes que verlos, el sonido de las risas y el tarareo de una canción incomprensible la hicieron voltear. Primero pensó que se trataba de recolectores de basura que iban a preparar la playa para el día siguiente, pero conforme se fueron acercando pudo observar que los tres vestían de traje. Dos de ellos iban de negro, apoyándose uno sobre el otro, apenas podían caminar con un balanceo torpe resultado de una noche de alcohol, debían de estar entrando a los 20 años, el tercer muchacho usaba un traje gris y camisa blanca, traía los zapatos en la mano y caminaba de frente como guiando a sus compañeros y sin embargo no levantaba la mirada del piso. Ella intentó prestarle atención a este último pero el viento impedía que incluso si hubiera habido más luz se le viera el rostro, ya que su cabello se movía a los lados cubriéndolo.
Al verlos acerarse más volteó la mirada hacia el mar, aun a sus 60 años le costaba la confrontación con las personas en situaciones inesperadas, prefería no encontrarse en ese instante donde el otro se sabe mirado y tiene que reaccionar. El mar parecía tranquilo y sin embargo no dejaba de rugir y eso la tranquilizaba, la armonía entre pasividad y fuerza que se hace presente en cada rompimiento de olas.
-¿Me regalas un beso?- fue la frase que la mujer creyó escuchar, volteó la mirada y encontró al joven de cabello largo sentado en el camastro de al lado, no la veía, tenía los ojos perdidos en el agua, su piel morena casi infantil mostraba el cansancio de una vida vivida con más años de los que él podía tener.
-¿Dijiste algo? -preguntó la mujer turbada, él no contestó y ella instintivamente se giró para descubrir que ya se asomaban en el cielo los primeros signos de claridad.
Los otros dos jóvenes yacían recostados en la arena abrazados a sólo unos pasos, contemplando con detenimiento la noche, esa noche que ya habían consumido. Ella los miró sin curiosidad, más bien con algo de añoranza del tiempo de juventud que sólo parece inagotable cuando se tiene.
-Te pregunto si te importaría regalarme un beso- dijo nuevamente el joven, esta vez con voz firme. Sintió entonces por primera vez los ojos de él postrados sobre ella, por un segundo temió voltear, quiso contestarle algo pero a sus labios no llegaron las palabras, hacía tiempo que sentía que nada de lo que pudiera decir realmente representaba lo que estaba pensando y prefería el silencio, pasaron unos segundos más sin moverse y al final optó por mirarlo. Sus ojos se encontraron por primera vez, él movió su cuerpo para estar frente a ella y un temor la inundó, él era dueño de una belleza innegable pero eso era quizás lo menos interesante, su atractivo mayor descansaba en esa tristeza atravesada en su rostro. Sin aviso previo se inclinó sobre ella y con delicadeza se acercó, por un segundo ella sintió pena de su edad mas la profundidad de los ojos del joven le quitaron de tajo ese sentimiento, esto no se trataba de eso.
Se miraron por un momento, la respiración cálida de él en su rostro la ruborizó y sus labios se posaron en los de ella de forma firme pero buscando consentimiento. Ella reaccionó a él más bien por reflejo, lo primero que notó es que tenía un sabor amargo a cigarro y a noche, sin embargo poco a poco pudo probar algo más allá, su saliva y la interacción con su lengua la llevaron a percibir un sabor a fruta verde que apenas empieza a mostrar sus primeros azúcares, su cuerpo latía en la inmovilidad, parecía estar despertando frente a él.
Cuando el beso llegó a su fin él delicadamente se alejó sin dejar de mirarla, no sonrieron pero encontraron en ese instante un agradecimiento y complicidad que no requería palabras.
El sonido de una conversación incipiente les hizo voltear, los jóvenes de traje negro se habían vuelto a poner de pie e intentaban inútilmente sacudirse el arena mientras continuaban su camino, pronto la mujer pudo ver como se les unía el tercero y en unos minutos ya eran solamente unas sombras perdiéndose en la lejanía de un amanecer que se hacìa presente.
Ella movió los brazos y comenzó a sentir en su cuerpo recorrer una vida que creía ya no habitaba, sintió como propia la piel que recorrían las yemas de sus dedos y con una calma extasiada respiró profundo hasta llenar sus pulmones, se levantó de su asiento con firmeza y con una resolución que apenas minutos antes parecía inalcanzable, caminó hacia su habitación dándole la espalda al mar.
Yutsil Aguilar
«Mi padre me nombró Yutsil el 08 de mayo de 1985, el dìa en que nacì. Desde niña siempre me obsesionaron las palabras, quizás el gusto por ellas me vino al escuchar a mis padres explicar de maneras diversas el significado de mi nombre, no era uno, sino podìa ser tantos y cada etapa de mi vida vino acompañada de un llamarme distinto. Con ese amor por las letras llegò pronto tambièn la curiosidad por las historias y debido a esto estudié la licenciatura en Lenguas modernas en la Universidad Autònoma de Querètaro y al terminar cursè la maestrìa en Literatura contemporànea de Mèxico y Amèrica latina en la misma universidad. La escritura me llega ahora como una curiosidad por explorar, una bùsqueda en esta etapa de mi vida que corresponde quizàs a una necesidad de construir mi propia narrativa, ser yo quien defina a la Yutsil que ahora me nombra.»
